miércoles, 29 de junio de 2016

La Herejía de lo Informe - Martin Mosebach

I – Eterna Edad de Piedra

No soy un converso ni un prosélito. No tuve una iluminación repentina y espectacular. Mis raíces religiosas fueron débiles por largo tiempo. No puedo decir con certeza cuando empezaron a germinar; quizás fue cuando alcancé los veinticinco años. En todo caso, de manera lenta pero segura, empezaron a crecer. Me inclino a pensar que esas raíces son ahora profundas y continúan creciendo continuamente, aunque, como antes, de una manera difícilmente discernible.

Lo que puso este proceso en movimiento –un proceso que aun no ha alcanzado su fin- fue mi familiaridad con la vieja liturgia católica.

Mi madre católica mantuvo distancia de la religión; mi padre protestante mantuvo su derecho a su sacerdocio privado y lo defendió con una discreción de hierro. Al principio aprendí muy poco del ritual católico debido a que la preparación para la liturgia que recibimos (supuestamente amoldada a los niños) prácticamente fue oscurecida con himnos y oraciones pseudo naive que podían dar cabida a respuestas de tendencias opuestas. Como monaguillo fui víctima del terror, ya que no había entendido la estructura del rito y caía siempre en el ridículo haciendo cosas inesperadas y olvidando las realmente importantes. Un día, mientras el cura estaba rezando, le arrebaté el enorme misal bajo sus narices con la intención de trasladarlo al otro lado del altar (cuando no era el momento), me tropecé con mi sotana violeta, que era demasiado larga para mí, y caí  sobre los escalones del altar conjuntamente con el libro. Ese fue el final de mi carrera como monaguillo.  Después de ello, mi “vida religiosa” fue palideciendo, aun cuando el sentimiento de ser católico permaneció en mí. Cuando tenía 18 leí la famosa frase de Charles Maurras: “Soy un ateo; un ateo católico, por supuesto”. Y me gustó. Solía citarla con placer; sonaba algo así como atrevida.  En esa época no tenía ni idea de lo que era el ateísmo, pues tenía una confianza infinita en la bondad del mundo y en un orden benéfico: en lo que concierne a la religión católica, no podía saber lo que era porque nadie me lo había dicho realmente. La religión católica es probablemente la religión más complicada del mundo; para ser un católico uno necesita ser un recipiente de una gracia especial o bien tener una gran cantidad de conocimiento: Y yo estaba muy lejos de ambas posibilidades.

            Cuando tenía dieciocho también la Iglesia Católica estaba pasando por su locura del 68. Yo no me daba mucha cuenta, porque ya no iba más a misa. Pero escuchaba que la gente decía que los curas se habían sacado sus trajes negros y sotanas y que iban por allí vestidos como pequeños burgueses estudiantes, o carteros; no había más latín en la misa; el sacerdote ya no se paraba más enfrentando el altar sino detrás de él, como si estuviera detrás de un mostrador; la congregación se había convertido en la audiencia del sacerdote, y él mirando hacia ellos se desgañitaba cantándoles los himnos; en la comunión ponía la hostia en sus manos, no en la lengua como antes. Mis conocidos daban la bienvenida a estas innovaciones como algo que debía haberse hecho hacía tiempo, pero incluso mi madre tenía muy claro que uno no tenía por qué asistir a ese tipo de cosas. Recuerdo conversaciones similares de viejos católicos que estaban claramente complacidos con las reformas mientras que al mismo tiempo reconocían que no deberían estar ocurriendo.

            Lo que primero me llamó la atención de la liturgia católica fue su antigua música, el canto gregoriano. A esta altura, puedo anticipar la condescendencia de ciertos lectores: “Ah sí, este hombre es un artista, intentando satisfacer sus necesidades estéticas a través de la religión”. Admito abiertamente que soy unos de esos tipos naive que miran la superficie, la apariencia externa de las cosas, en orden a juzgar su naturaleza interior, su verdad, o su carácter espúreo.

            La doctrina sobre los supuestos “valores interiores” escondidos detrás de una cubierta sucia y decrépita es cosa que encuentro altamente sospechosa. También creía que el alma imparte una forma, un rostro, incluso antes de aprender que era una verdad definida por la autoridad de la Iglesia. Considérenme un mediterráneo primitivo, pero no creo que un lenguaje que no es verdadero, lleno de engaño, y carente de sentimiento pueda contener ideas de algún valor. Lo que aplica en el arte debe aplicar en el más alto nivel de la oración pública de la Iglesia; si, en la vida ordinaria, lo feo nos muestra la presencia de lo falso, en el campo de la religión puede indicar algo peor.

            El canto gregoriano no es música artística. Existe para ser cantada en cada Iglesia rural o urbana, a pesar de algunas de sus dificultades y requiere la práctica, y la gente lo practicaba escuchándolo cada domingo durante toda la vida. Sólo después me di cuenta, sin embargo, que la liturgia y su música no deben ser consideradas como ocasionalmente edificantes, o como un concierto impresionante, o como ayuda para la meditación; no, es algo que debe ser practicado toda la vida.  La obligación de asistir a la Iglesia cada domingo debe ser visto en conexión con la liturgia: la liturgia debe permear nuestras vidas a un nivel más profundo que la deliberación y el pensamiento; debe ser algo que, para nosotros, sea dado por sentado de antemano; de otro modo no puede tener su efecto pleno en nosotros.

            La reforma –o bien, la marea revolucionaria en la Iglesia- ha abolido largamente el canto gregoriano. El hecho de que tenga quince siglos de antigüedad -sus orígenes se pierden en la historia- levanta su voz en contrario. Lo que los obispos han olvidado es que esta música sonaba extraña incluso a los oídos de Carlomagno y Tomás de Aquino, Monteverdi y Haydn: era por lo menos tan remota de su vida contemporánea como lo es de la nuestra. Por caso, encontramos que es mucho más fácil hoy para nosotros sintonizar con la música de otras culturas que para otras personas en épocas anteriores. Una vez me hallaba en una pequeña y hermosa iglesia de Rheingau donde el canto gregoriano había encontrado un nicho como atracción turística, como pieza de folclore. Multitudes venían a este sitio –Kiedrich- cuando el tiempo era bueno, pero en el invierno, cuando había niebla y hielo negro, el numeroso coro cantaba para los bancos vacíos; la atmósfera de domingo de excursión y vino desaparecía, y el canto emergía en toda su pureza. Quizás no importase que no viniera nadie; quizás fuere suficiente que los cantores cantasen para sí mismos. ¿Pero “suficiente” para qué o para quién? En esas instancias no lo sabía.

            El canto gregoriano es una música que está casada estrictamente con el lenguaje. Más aún –y esto es lo que lo hace diferente de los modernos arreglos musicales y poéticos- está casado con una prosa que no es lírica, una prosa que es en ocasiones bastante seca. El lenguaje del Antiguo y Nuevo Testamentos, de las cartas de Pablo y de los Salmos[1], no está compuesto rítmicamente o a la moda de modelos artísticos.  Al mismo tiempo los textos mismos son sacrosantos y no deben ser cambiados o editados por razones de composición. Cada palabra debe retener su acento de prosa, aun cuando la poesía latina permite cierto grado de licencia por la salud de la métrica en verso. Es asombroso cuando uno se familiariza con la enorme variedad de melodías que son posibles, dadas estas condiciones tan estrictas. El canto gregoriano hace justicia a cada frase; nada es puramente ornamental; no se saltean sílabas ni se compactan en razón de la melodía, como es el caso habitual en las grandes composiciones de nuestro tiempo. Esta música es como un arroyo: por momentos se recoge en sí misma, ora fluye suavemente, burbujeando y gorgoteando, ora se expande serenamente. A cualquiera que haya escuchado canto gregoriano por un tiempo considerable, la más reciente música occidental le ha de sonar obligadamente como un estéril trabajo, construido de acuerdo a los modelos estándares, con su forma matemáticamente calculada, sus técnicas de espejos y su progresión al estilo del cangrejo. En canto gregoriano, es como si la frase fuera tocada para que suene como la cuerda de un arpa; mientras que los arreglos musicales de las arias y canciones posteriores parecen estancarse arbitrariamente en las palabras. En Kiedrich había sólo una pieza en la que las palabras eran dejadas atrás y parecían ser usadas simplemente como vehículos de largas y hermosas coloraturas que nunca quisieran acabar. Se trataba del Aleluya cantado entre la lectura de la epístola y el Evangelio. Sólo después aprendí de un viejo músico de iglesia el propósito del vuelo libre de las sílabas en este canto, ubicado entre los textos explícitos de la Escritura, y era para representar la inefabilidad de Dios, que trasciende toda las palabras. Cuando toca el momento del sermón, el sacerdote hace a un lado la casulla para remarcar que sus palabras no forman parte del rito. Este músico era un conservador que obedecía lealmente a su obispo progresista –en contra de sus propias convicciones- y celebraba el amputado y remodelado nuevo rito, pero en latín y con la sobriedad que había aprendido en el rito tradicional. Después de una larga búsqueda descubrí este antiguo rito que, en mi infancia, había sido un libro cerrado para mí. Y cuando lo descubrí fue en circunstancias que estaban lejos de ser las ideales, en una capilla ignota, y acompañado con cantos cantados deplorablemente, pero que no obstante significaron el fin de mis viajes dominicales a Rheingau.

            Me propuse una regla al escribir sobre mi relación con la religión y es la de decir lo mínimo posible sobre religión. La profesión de fe que murmuro frecuentemente para mí mismo  en latín, o más bien tarareo para mí mismo -ya que me parece más fácil de recordar si la tarareo con la melodía de la Missa de Angelis- de ninguna manera contiene todas las cosas en que creo. El credo fue forjado por los Padres de la Iglesia en los Concilios de Nicea y Constantinopla en el curso de discusiones que a menudo eran extremadamente calientes, por decir lo menos; pero, para mí, lo que viene primero es toda una serie importante de artículos de la fe, que cargan quizás con mayor peso: el credo es, de hecho, sólo la coronación de mis convicciones de fe. Así, por ejemplo, creo que soy un hombre. Creo que el mundo existe. Creo que las impresiones que reciben mis ojos y mis oídos me proporcionan la información adecuada acerca de la realidad. Creo que un pensamiento tiene la misma realidad que una montaña. Todo el mundo sabe que no hay pruebas concluyentes de ninguno de estos artículos de fe. Muchos de ellos aparentan ser sólo un dejo de probabilidad científica. Entiendo perfectamente que la gente tenga dudas sobre ellos; a veces yo mismo soy asaltado por esas dudas. Pero en un nivel más profundo de mi conciencia barro a un lado todas las objeciones impuestas contra la realidad del mundo y de mi propia humanidad, aún cuando no pueda refutarlas. Tengo miedo de admitirlo: Soy un hombre de la edad de piedra. No he tenido éxito en reconciliar mis conceptos intelectuales con mis convicciones fundamentales, que están profundamente arraigadas en lo físico. Debí haber aceptado, hace mucho tiempo, que vivo en el caos, que no hay nada en mí que pueda decir “yo” aparte de un cierto reflejo neuronal, y que cada impresión sensible de este no existente “yo” descansa sólo en la ilusión y el engaño; no obstante, cuando escucho el canto de los pájaros por las mañanas, el que, como todos sabemos, no es en absoluto un canto sino un “desarrollo de sonidos favorable a la evolución”, y cuando escucho las campanadas de una iglesia distante, producidas por un máquina que golpea una pieza de bronce contra el badajo, escucho estas cosas como un mensaje –indescifrable, tal vez- enviado para mí. La gente dice, y debí haberlo entendido hace tiempo, que los objetos circundantes no tienen el más mínimo significado, que no hay nada en ellos, y lo que yo veo en ellos es lo que leo dentro de ellos (¿y quién, después de todo, soy yo?). Sí, he escuchado todo esto, pero no lo creo. Estoy todavía en los más bajos peldaños de la historia de la humanidad. Soy un animista. Cuando Doderer dice “allí está el piano, conservando su silencio de mueble”, me siento comprendido.  Creo tan fuertemente en la existencia objetiva del piano, en su fundamental alteridad y diferenciación, que me veo obligado a interpretar su forma de pararse en la habitación como una forma consciente que guarda silencio.  Un shaman Mogol una vez me dijo que si una piedra es arrancada de la tierra, ésta se enoja por años. Y yo lo creo bastante probable. Para mí, si escucho a ese órgano imposible de enseñar que es mi voz interior, el mundo se llena, hasta la última fibra, con una vida que es diferente a la mía. Esta vida puede incluso tomar una forma no corporea, por ejemplo, en las palabras. Algunas palabras son desobedientes como duendes, repletas de malicia y premeditación van muchísimo más lejos de lo que significan: son pequeños demonios del mundo de las palabras: todos los conocemos, pero cada uno de nosotros es sorprendido por ellos en palabras diferentes.

            Dejo asentada esta confesión básica al principio, de manera que sea más fácil entender cómo me afectó la vieja liturgia católica (que muchos obispos han prohibido e incluso actualmente persiguen) cuando, después de solazarme por años en Kiedrich con el canto gregoriano, finalmente volví a asistir al viejo rito otra vez. El colapso de la liturgia en la Iglesia Oficial ha tenido un buen resultado: el rito antiguo es una vez más un real misterio, en el sentido que es celebrado en secreto, como originalmente estaba previsto que fuera. El primer grado del orden sacerdotal es el de “guardián de las puertas” –desde entonces abolido- cuya misión era la de asegurarse que las puertas estuvieran cerradas a los no bautizados durante la celebración de los misterios. En la Iglesia Ortodoxa, antes de que comience el ofertorio, el diácono todavía grita: “¡Atended a las puertas!”. No voy a describir cómo es que sucedió que asistiera por primera vez al rito antiguo: cualquiera que haya pasado por una experiencia similar sabrá cuanto de chance –o providencia- es necesaria para encontrarse con este rito. Pienso, también, que cualquiera que asista al rito antiguo por primera vez sin ninguna preparación se verá desconcertado por todo él. Probablemente no conozca latín, y en cualquier caso las palabras más importantes son susurradas; las vestiduras del sacerdote podrán ser chocantes y bellas, pero los fieles no ven nada de lo que hace, ya que su propio cuerpo obscurece la vista. Hay un espléndido chiste acerca de un niño judío que por razones escolares debe asistir a misa y luego le cuenta al padre su experiencia. “Un hombre entró con un niño pequeño y le dio al niño su sombrero. El niño tomó el sombrero y lo escondió. Luego el hombre preguntó a la gente, [“¿dónde está mi sombrero?” y la gente contestó, “No lo sabemos”. Luego juntaron plata para comprar un nuevo sombrero. Al final el niño le devolvió el sombrero al hombre, pero no le devolvieron el dinero a la gente”.] Como acabo de explicar, cuando yo era un niño de la escuela mi entendimiento de la misa era apenas mejor que la del niño judío. Ahora, sin embargo, vine a saber por qué es importante hacer que los chicos se relacionen con cosas que están más allá de su alcance. Lo que era entonces un enigma para mí se mantuvo de manera inconsciente pero firme en mi mente. Los movimientos quietos del sacerdote hacia atrás y adelante en el altar, sus reverencias, genuflexiones, sus extensiones de manos, constituían un antiguo tableau que, sin saberlo, he llevado conmigo desde entonces. La manera en que el sacerdote se paraba frente al altar parecía comunicar una cierta tensión. Sobre el altar en la iglesia de mi infancia había un enorme crucifijo de yeso gris del estilo Beuron, y yo veía este árbol gigantesco como un eje que partía del altar y alcanzaba el cielo. Pero incluso si este crucifijo era más pequeño, todavía tengo ese sentimiento, ligado a un indefinido sentimiento de peligro. Siempre que el sacristán estaba ocupado con el altar, yendo o trayendo algo, yo lo miraba con inquietud. Personas así, con su forma de ser solemne y ocupada en manejar las cosas son numinosas e inaccesibles para los laicos y han pertenecido siempre al mundo católico.

            Ahora bien, por primera vez en muchos años, estaba mirando a un sacerdote en el magnífico entorno del altar. Las cosas que decía y cantaba me resbalaban: no eran tan importantes. Lo que era importante era la impresión de que estaba haciendo algo. Su postura, la extensión de sus brazos y la señal de la cruz eran una acción, un hacer. Ahí arriba el sacerdote estaba haciendo lo suyo, su obra. Lo que hacía con sus manos era casi tan decisivo como sus palabras. Y sus acciones estaban dirigidas hacia cosas: blancos lienzos de lino, un cáliz dorado, un pequeño plato dorado, velas de cera, pequeñas jarras para el agua y el vino, la hostia blanca y lunar, y un gran libro con cubierta de cuero. Los monaguillos le servían ceremoniosamente, pasaban las páginas por él, vertían el agua sobre sus dedos y sostenían una pequeña toalla para él. Después de haber levantado la hostia en el aire, el sacerdote evitaba tocar cualquier cosa con su pulgar y su índice y los mantenía juntos, incluso al elevar el cáliz o al abrir el dorado tabernáculo.

            La creencia de que las acciones humanas son capaces en verdad de conseguir algún logro puede fácilmente ser considerada como una clase de megalomanía. Todo lo que uno tiene que hacer, para curarse de esta megalomanía, es visitar el desolado sitio de lo que alguna vez fue una ciudad antigua, una metrópolis helena rebosante de arte, fortuna, energía e inventiva. Pero hay mucha gente que rechazaría la mera idea de los ángeles y aun así diría que lo que fuera que fue pensado y creado en una ciudad como esa, está todavía con vida –inexplicablemente, pero de manera altamente efectiva- y constituye la base para nuevas cosas que no pueden venir a la existencia sin sus cimientos. Hay sólo un paso desde esta idea a la asunción de que las acciones materiales tienen efectos en las regiones puramente espirituales. Las gentes de todas las culturas han creído esto; Es por ello que, para ellos, la más alta acción, el arquetipo de toda acción –porque está asociada con su más grande eficacia- era el sacrificio. El sacrificio es una acción material llevada a cabo para obtener un efecto espiritual. Esta conexión es absurda sólo si la filosofía de uno es idealista. Para materialistas de la edad de piedra como yo, toda la materia está tan llena de espíritu y vida que estos brotan de ella. Los últimos europeos que se aferraron a esta mentalidad retrasada fueron probablemente los grandes pintores de naturalezas muertas.

            Debemos dejar de lado, por el momento, la cuestión de precisamente qué es lo que el sacerdote está sacrificando en el altar. La cuestión principal para mí, en esa época, era que el sacerdote estaba sacrificando. Una de las oraciones durante el ofertorio dice, “Acepta esta ofrenda, como te dignaste graciosamente a aceptar los dones del justo Abel, y el sacrificio de nuestro patriarca Abraham, y aquél que te ofreció el sumo sacerdote Melquisedec, santo sacrificio, inmaculada Víctima”. Abel, el pastor, había quemado en el altar del sacrificio los primeros corderos de su rebaño y su gordura; Abraham se había preparado para sacrificar a su hijo y, luego, sacrificó a un carnero en su lugar; Melquisedec, que no era de la raza de Abraham, sacrificó pan y vino. La religión primitiva, la fe judía y el mundo gentil estaban representados por estos tres nombres en la plegaria del sacrificio; el sacrificio humano, el sacrificio animal, y el sacrificio sin sangre estaban citados, donde el sacrificio sin sangre recordaba el sacrificio sangriento a través de su simbolismo.  Estaba claro para mí que  la misa católica en su forma tradicional –no cambiada durante mil quinientos años- debía ser vista, no como el rito de una religión particular, sino como el cumplimiento de todas las religiones, habiéndolas absorbido y envuelto a todas ellas. Tomando parte en un sacrificio de esta clase, me estaba uniendo con todos los hombres que han vivido alguna vez, desde los tiempos más distantes hasta el presente, porque estaba haciendo lo que ellos habían hecho. Participando en el sacrificio tradicional de la misa, sentía que era un ser humano haciendo algo propio de un ser humano, que estaba cumpliendo con el deber más importante de la existencia humana –quizás por primera vez- y que lo estaba haciendo por todos aquellos que no querían, o no podían, cumplir con su deber. Prohibir repentinamente a la gente la participación en esta misa parece infantil, algo para no ser tomado seriamente. Encontré ideas similares en el ensayo (recientemente publicado en Alemania) titulado Titanism and Cult del sacerdote Pavel Florensky, que murió ejecutado durante el reinado de Stalin; por supuesto, como palabras de un sacerdote tienen mucho mayor peso que las ideas privadas de un laico:

“Nuestra liturgia es más antigua que nosotros y nuestros padres, incluso más antigua que el mundo. La liturgia no fue inventada, fue descubierta, apropiada: es algo que siempre fue, por decirlo así, la destilación de la oración racional, más o menos. La fe ortodoxa ha absorbido la herencia del mundo, y lo que tenemos en ella es el puro grano de todas las religiones, trillado y libre de toda paja, la vera esencia de la humanidad… así que está fuera de duda que nuestra liturgia proviene, no del hombre, sino de los ángeles.”

            Si vamos a experimentar la liturgia cristiana de esta manera, necesita estar purificada y refinada, una liturgia de la cual cada traza de subjetividad ha sido eliminada. Incluso en los tempranos tiempos cristianos, Basilio el Grande, uno de los Padres de la Iglesia Oriental, enseñó que la liturgia era revelación, como las mismas Escrituras, y que nunca debía ser interferida. Y así fue, hasta el pontificado de Pablo VI. Naturalmente está actitud no impidió la ocurrencia de modificaciones esenciales, pero esos cambios ocurrieron orgánicamente, inconscientemente, inintencionalmente, y sin un plan teológico. Brotaron de la práctica de la liturgia, así como el paisaje se altera con los siglos por el viento y el agua. En el mundo antiguo, si un gobernante rompía una tradición era reputado de haber cometido un acto de tyrannis. En este sentido Pablo VI, el modernizador con los ojos fijos en el futuro, actuó como un tirano en la Iglesia. Quizás los antropologistas dirán un día que hizo bien en ejercer el poder como lo hizo, pero eso no significa nada para mí. Cerré los ojos ante este ataque a la liturgia divina. Los hombres de la edad de piedra no tienen una actitud desarrollada frente al tiempo. Ellos no tienen idea qué quieren decir con “el futuro”; y en lo que hace al pasado, piensan que ha sido más o menos como el presente.

           


           
           



[1] Respecto de los salmos, Castellani disiente con fundamentos de peso. También Straubinger.