lunes, 25 de julio de 2016

La Herejía de lo Informe - Martin Mosebach

3. ¿Necesita el Cristianismo una liturgia?


Primero que todo quiero llevarlos a una alta montaña, a una roca escarpada que pende sobre el mar, Monte Tiberio en la isla de Capri.  En su cumbre se ubicaba una de las más grandes y hermosas villas del emperador Tiberio, la Villa Jovis; desde sus terrazas uno podía mirar hacia abajo y ver el enorme templo de Minerva levantado en la parte continental y del que no queda piedra sobre piedra. La Villa Jovis ha sido también desvastada hasta sus cimientos: algunos de los bellos mármoles del piso del palacio han sido colocados en la Catedral de Capri. Los campesinos solían quemar el mármol para obtener cal; aquellas estatuas que no destruyeron pueden verse en el museo. En siglos anteriores, Tiberio era considerado un demonio de la misma clase que Nerón –injustamente, sin duda- pero es un hecho que Tiberio estaba en esta residencia el mismo año en el que su procurador, Pilatos, permitió la ejecución de Jesús. En esos años un terremoto destruyó el faro de Villa Jovis. La tradición dice que hay líneas subterráneas que unen este faro (sus ruinas están aún de pie) con el Gólgota. Así que no es sorprendente que alguien tuviera la idea de construir una capilla entre los cimientos del arruinado palacio al tope de la montaña, con una pequeña habitación adyacente que alojaría una ermita. Actualmente esta capilla se abre una vez al año, el 8 de septiembre, la Fiesta de la Natividad de María; en Nápoles esta es una de las fiestas eclesiásticas principales, bajo el título de Madonna di Piedigrotta, y constituye el centro de una enorme y extravagante festividad local. En esta ocasión la pequeña capilla es decorada con luces festivas como un puesto de feria, su elevado altar sumergido en gladiolos frescos, haciendo ver al óleo de la Madonna incluso más negro y más incrustado de ollín. Por el resto del año los ratones dan vueltas en el desierto edificio y abren a dentelladas su camino dentro de los cajones de la sacristía.

En un período de mi vida en el que pasé mucho tiempo en Capri, recibía una vez al año la visita de un sacerdote inglés que vivía en Génova. Era uno de esos sacerdotes que pueden ser identificados por su vestidura y que resultan raros de ver hoy día, incluso en el sur de Italia. De cualquier forma, el clero de Capri no se sorprendió tanto de la sotana del hombre como cuando se enteraron que pretendía seriamente celebrar la Santa Misa en la capilla, sólo; aun así, su respuesta fue que estaban dispuestos a hacer a un lado sus escrúpulos religiosos, ofreciéndole la posibilidad de concelebrar en la Catedral. El sacerdote inglés era un hombre práctico; no era un gran teólogo pero tenía una idea muy clara de lo que era absolutamente necesario y esencial. Finalmente le fueron entregadas las llaves de la pequeña capilla de Villa Jovis, la cual se encontraba lejos y no constituía una amenaza. Total, allí arriba no enojaría a nadie. Era entrada la tarde cuando ascendimos por primera vez a ese punto, por una larga senda que se levanta gentil pero constante a las tierras altas, dándonos una amplia vista del golfo.  La capilla en la punta simplemente parecía  no querer ser fotografiada; desde el último año  se había arrumbado con la alta humedad de la isla. Mientras abríamos la puerta, fuimos recibidos por un aire de decadencia. El tabernáculo de metal estaba abierto. Había unos floreros polvorientos en el altar y una cubierta de plástico cubría su enmohecido mantel. Las velas se habían consumido completamente. Las sillas estaban desparramadas al azar en derredor. La sacristía lucía como si la hubieran abandonando en un gran apuro. Botellas vacías, un cáliz de mal gusto de algún tipo de aleación de cobre, trampas para ratones, cables eléctricos para las iluminaciones anuales, flores disecadas, una silla con tres patas; esta era la “naturaleza muerta” que se nos presentaba. El sacerdote abrió los cajones. Revelaron una húmeda amalgama de lienzos de altar y albas, y un misal en proceso de desintegración cubierto de moho. Mis padres acababan de darme un viejo misal; yo había querido uno del tiempo del Sacro Imperio Romano, y el que me habían dado databa de 1805, esto es, casi actual y publicado en Ratisbona. Este misal en descomposición era la misma edición, con los mismos simples y afectados grabados en cobre pálido. No había nada romántico en la desolada capilla. No era Pompeya, sino un bote de basura en el que aun los deshechos no se habían convertido en abono. Olores nauseabundos flotaban en el aire, era un lugar muerto.

Mi amigo sacerdotal no se permitió ningún tipo de reflexiones. Tenía un propósito en mente y no había tiempo que perder. Abrió las ventanas y un aire tibió se coló dentro. Tomó una escoba de algún rincón y comenzó a barrer la sacristía. Limpió la superficie del altar. Tomó las vestiduras de los cajones, las tendió y las examinó. Ajá, una de las albas estaba limpia y en una sola pieza. Limpió cuidadosamente el cáliz. Descubrió un crucifijo doblado, lo besó, y lo colocó en la cómoda de la sacristía. Hizo arreglos en el altar y puso los floreros en una esquina de la sacristía. Las sillas estaban ahora ordenadas en fila. El altar estaba cubierto con un nuevo mantel. Encontramos dos velas y las pusimos en los altos candelabros del altar. Había otro altar moderno (versus populum) de imitación madera, con una decoración de vides de metal pegada a él. “Esto servirá bien como credencia” (mesa lateral donde se ubican el vino, agua, etc), dijo el sacerdote, y en un tris lo habíamos puesto contra la pared de la derecha. Encontró la cuerda de la campana, subió por la escalera exterior y la sujetó a la pequeña campana. Ahora la pesadilla estaba rota, la costra de tristeza dispersada. El viento sopló a través de la puerta abierta de la iglesia como un hálito de vida. El sacerdote se colocó una estola salpicada de satén violeta, tomó una botella de agua mineral que había traído consigo, vació su contenido en un pote de plástico rosa, y comenzó a rezar; agregando sal al agua, la bendijo y la vertió en las conchas de mármol de la entrada. Me pareció escuchar a la piedra exhalar un suspiro mientras volvía otra vez a la vida. A estas alturas, una casulla arrugada de hilos de oro lurex yacía lista en la sacristía. Yo estaba tirando de la cuerda de la campana, la que lanzó un fino repiqueteo en el aire de la tarde, dispersándose al viento. La gente comenzó acercarse desde la lejanía, atraída por la campana. Para cuando el sacerdote emergió de la sacristía, vestido con la arrugada casulla dorada, había como veinte mujeres y niños en las hileras de sillas. El sacerdote se inclinó ante el altar y comenzó a decir: “Introibo ad altare Dei”.

Nunca el salmo “Judica” al principio de la misa me pareció tan claro y tan lleno de vida. Los versos parecían aplicarse específicamente a lo que acababa de ver y experimentar. Primero, habíamos dejado la ciudad donde no era permitida la celebración de esta misa: “Quare me repulisti, et quare tristis incedo, dum affligit me inimicus?” (¿Por qué me has abandonado? ¿Y por qué camino yo con rostro triste, cuando me aflige mi enemigo?). Luego estaba la larga senda montaña arriba que conducía la capilla: “Emitte lucem tuam et veritatem tuam, ipsa me deduxerunt et adduxerunt in montem sanctum tuum et in tabernacula tua” (Iluminadme con vuestra luz, y enseñadme con vuestra verdad: ellas son las que me han conducido, y me han introducido en vuestro monte santo y en vuestros tabernáculos). Luego había estado la limpieza y preparación de la descuidada capilla, y esos preliminares me parecen ahora no solamente una banal operación de limpieza, sino realmente -en una forma que era enteramente nueva para mí- parte de la liturgia: “Judica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta” (Juzgadme, Señor, y discierne mi causa delante de la gente no santa) Me pareció que el sacerdote había llevado a cabo su trabajo de discernere purificando el lugar del sacrificio, encendiendo las velas, bendiciendo el agua, barriendo el polvo y tirando las trampas para ratones en un rincón. Limpiando la capilla y dejándola lista, estaba designando el lugar sagrado, dividiendo la gens sancta de la gens non sancta. Como Abel o Noé, él primero construyó un altar antes de comenzar el sacrificio; como Moisés designó el lugar dónde debía descansar el Arca de la Alianza. Su oración fue precedida por esta delimitación, limpieza, preparación. De hecho, la oración era sólo posible en este tipo de espacio delimitado y designado. La decisión de embarcarse en la oración presuponía el cruce de un límite; era necesario que uno mismo dibujara ese límite y, cruzándolo, abandonara la gente no santa y se convitiera en gente santa, una gente que podía ateverse a confiar su causa a Dios.

 A esta altura soy sorprendido por una pregunta: ¿Qué tiene que ver el cristianismo con fenómenos como el que acabo de describir? Lugares santos, la separación de lo sagrado y de lo profano, ¿es algo cristiano? Hago esta pregunta en referencia a los primeros cristianos y al tiempo de Jesús. ¿No pensamos en la actividad de Jesús como una poderosa revolución dirigida contra todo lo que es ritualístico? ¿Seguro no eran los sacerdotes y escribas de su tiempo los que fueron más severamente malditos por el Redentor? Vemos las enseñanzas de un Jesús de doce años en el Templo, en la casa de su Padre, como Él mismo dice, pero cuando luego retorna al templo, lo hace por un propósito que poco tiene que ver con el culto y el sacrificio: invade el Templo, causando violencia y caos. Si pensamos en los lugares asociados al ministerio de Jesús, arduamente hallaremos alguno ritual entre ellos. Cuevas, campos solitarios, el desierto, una vega junto al Jordán, varias viviendas, pozos de agua para ganado, embarcaderos, estos son los escenarios de sus más grandes actos. Es un caminante (wanderer); alrededor suyo el viejo espacio, el viejo orden parece haber sido suspendido, y el nuevo orden que fundó es apenas visible. En derredor suyo no hay Sábado, ni restricciones alimenticias, ni discernatio moral. Entra en las casas de los que son moralmente intocables y abruptamente desestima cada objeción ritual. Donde está Jesús, está la necesidad más cruel o el más superfluo abandono. Cuando actúa simbólicamente, esto es, de una manera básicamente ritual o artística, usa las cosas de todos los días.  Cuando uno lee las regulaciones alimenticias mosaicas, es asombroso de ver todas las cosas que no pueden ser comidas, las que no pueden ser comidas con otras cosas, lo que no debe ser consumido caliente o frío; esto comparado con el pan y el vino, ¡que eran sólo acompañamientos de la comida sacrificial judía! El lava los pies de los discípulos, dando pie incidentalmente a la primera disputa ritual de la Cristiandad. Pedro entiende claramente este acto como una clase de bautismo y en consecuencia quiere ser lavado de pies a cabeza, mientras que Cristo le enseña que un lavado simbólico no es un acto de perdón de los pecados, sino una expresión del amor del Creador por sus criaturas. El punto es que incluso este lavado de pies es tomado de una práctica diaria. El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza; pero vemos claramente que Él no quiere tener donde reclinarla; Él no quiere tener un lugar santo, una morada divina, alrededor de la cual las personas piadosas puedan levantar sus tiendas. Hay algo fortuito acerca de las grandes estaciones de su Pasión, un jardín, un patio, una calle, el lugar de ejecución, la tumba provista a último minuto. Cierto, están conectados con la ciudad de Jerusalén, pero Jerusalén misma no es más considerada un lugar santo: es una ciudad maldita, entregada a la desolación. Incluso en tiempos pre cristianos Judea era “tierra santa”; aquí, en todas partes, la memoria de las obras de Dios a través de los patriarcas, jueces, reyes y profetas, fue mantenida viva. Prácticamente todas las religiones cultivan este vínculo con el suelo, pero Jesús rompe el vínculo con una despreocupación decididamente sacrílega. Podemos decir que, en el mundo antiguo, la divinidad estaba muy cercanamente conectada con lugares particulares. Si uno quería venerar una divinidad, tenía que visitar el lugar donde residía; abandonando el lugar, uno también abandonaba su presencia. Después de Constantino, la primer Cristiandad condujo una feroz campaña contra los lugares santos de la vieja religión. En algún sentido es algo que debe ser lamentado. Monjes desenfrenados y turbas movidas por fanáticos quemaron los templos, tirando abajo y destruyendo las imágenes de los dioses, las cuales estaban entre los tesoros artísticos más grandes de la humanidad. Pablo no quería ni oír que se mantuviera una fiesta religiosa.  En lo que a los redimidos concernía, cada día era Pascua. Como los judíos en el desierto, la humanidad había continuado su peregrinaje a través del tiempo, pero había arribado a su objetivo, y la historia había llegado a un fin. Los bautizados vivían en un eterno ahora, en la contemplación de Cristo. En la tierra, sólo podía ser visto como en un espejo, pero los bautizados eran conscientes de ser reconocidos y abrazados, incluso ahora, en la carne, por su Creador.

Ha habido una antipatía muy fuerte hacia lo ritual en muchas fases de la historia de la Cristiandad. La encontramos en su infancia, en San Francisco de Asís, en los movimientos proto protestantes de la Edad Media, en la Reforma de Lutero y Zwingli, en el Galicanismo y Josesismo del siglo XVIII, y en la iconoclasia litúrgica de hoy día. Me parece a mí que este anti ritualismo combina con la particular mentalidad de estos diferentes períodos, pero al mismo tiempo tiene raíces muy profundas en el cristianismo mismo. En su mayor parte, los movimientos que se opusieron a lo ritual en el cristianismo fueron enérgicos, radicales y apasionados: Pienso que nuestro tiempo nos presenta el primer ejemplo de una iconoclasia que proviene de una anemia religiosa, un anti ritualismo sobre la base de una religión que es débil.

Cada mañana de domingo, de niño, experimentaba un anti ritualismo bastante poderoso. Me hacía una profunda impresión. Mi padre era protestante, mi madre católica. Cuando sonaban las campanas de la iglesia, no salíamos inmediatamente para misa. Nada de eso. Mi madre solía esperar un poco más a que sonaran las campanas del evangelio –quizás era sólo una campanada- y luego aguardaba todavía un rato antes de dejar la casa conmigo, de manera de asegurarse que llegaríamos para el sermón. Cada vez que íbamos a la iglesia, mi padre se sentaba en su escritorio y abría una biblia pequeña y finamente impresa. Al final contenía una lista de pasajes designados para los diferentes domingos; con algunas pocas excepciones eran idénticos a los pasajes de la misa católica. (este tesoro ecuménico ha sido destruido por el nuevo Leccionario introducido por nuestros eminentes reformadores ecuménicos). Todavía puedo verlo sentado ante su pequeña biblia, absorto en ella como si fuera el único hombre en el mundo. Leyéndola, se involucraba en el particular ambiente de Jesús, en su espacio y época. Es consolador para mí verlo sentado allí. Después de todo, no teníamos idea de cuánto de la vida de la Iglesia había sido descuidada por nuestros obispos en Alemania en esas últimas décadas. Podíamos repetir las palabras del profeta Daniel: “La iniquidad salió de Babilonia, de los ancianos que eran jueces, quienes supuestamente debían gobernar el pueblo” (Dan 13:5) Pero siempre estaría el familiar libro negro: es una prueba contra la destrucción. Como dijo alguien, “la libertad está viva en las tiendas de libros de segunda mano y en las fotocopiadoras”.

Hemos dado un vistazo superficial al elemento no ritual, o decididamente anti ritual en el Cristianismo. De cualquier modo, debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Son los ritos cristianos en latín, griego, copto y otros orientales, algo extraño al cristianismo, algo que se le ha impuesto, algo meramente cultural? ¿Podemos imaginar un cristianismo sin ningún rito, con sólo el pequeño libro negro? ¿O no estaría faltando algo esencial? ¿Es el rito cristiano que hemos heredado sólo el resultado de una “inculturación” rampante, como se dice ahora? Podemos resumir este punto de vista como sigue: A medida que se esparcía por las tierras mediterráneas, la religión cristiana, que emergió en el más pobre y menos cultivado rincón del imperio romano, entre gente primitiva e inarticulada, absorbió todo lo que encontró a su paso: la sociedad civilizada, el lenguaje, la filosofía, y el arte, sin preocuparse acerca del hecho de que esas formas habían crecido en un mundo completamente diferente y expresaban algo bastante diferente. En otras palabras, el vínculo con Jesucristo solamente podía ser establecido por una fuerza arbitraria. ¿Qué tiene que ver Jesucristo con Dionisio, el dios heleno oriental de la intoxicación, cuyo culto mistérico los cristianos griegos no podían sacarse de la cabeza? ¿Qué tiene que ver María con Isis, aparte de características superficiales?  El culto a Mitra, el ceremonial de la corte imperial, corona y trono, borlas y flecos, retórica antigua, la academia de Platón, el Serapeum egipcio, ¿Qué tienen que ver cualquiera de ellos con la religión cristiana? ¿O hay en el cristianismo, quizás, algo esencial que sólo puede ser entendido en la forma de rito, algo que de otra manera se vería perdido?

Algunos católicos, que disfrutan siendo provocativos, dicen que la religión cristiana puede arreglárselas antes mejor sin la Biblia que sin la liturgia. ¿Qué quieren decir con eso? En los siglos siguientes a la Secularización, Jesús atrajo mucho la admiración y la simpatía de escritores filosóficos y filantrópicos y de aquellos pertenecientes a la tradición del Iluminismo. Incluso ateos declarados vieron a Jesús como un gran maestro de la humanidad, un nuevo Sócrates, un nuevo Buda. “Me inclinó ante Él como ante la divina revelación del más alto principio moral”, dijo Goethe a Eckerman. (Este dictum no debe ser utilizado para encasillar a Goethe como un representante del pensamiento iluminista: lo cito sólo como un particularmente claro ejemplo de una actitud que ha persistido hasta nuestro tiempo). Leemos, por consiguiente, en la novela de Goethe Wilhelm Meisters Wanderjahre: “Por lo tanto, para la parte noble de la humanidad, la manera en que Él vivió es aún más instructiva y fructífera que su muerte”. Jesucristo el Maestro: Este es uno de los más exaltados títulos del Redentor, también para los cristianos. La mayor parte de su tiempo de su ministerio público lo gastó en la enseñanza. ¿Pero, cuál era su enseñanza? ¿Proclamó algo nuevo? Es obvio, por supuesto, que en religión no es el caso de proclamar novedades: la materia de la religión no es “lo nuevo”, sino “lo verdadero”. Lo que es verdadero puede ser antiguo, en cuyo caso permanece siempre verdadero; a veces, ha sido olvidado, puede aparecer inesperadamente y parecer nuevo. La verdad de Jesús era una verdad antigua; con toda su autoridad el recordó a la gente lo que había sido revelado de muchas maneras. Los profetas ya habían enseñado, y enseñado de forma impresionante, que el hombre se engaña a sí mismo si intenta utilizar sofismas para evadir los mandamientos divinos. El mandamiento del amor viene del Antiguo Testamento. Las peticiones individuales del Padrenuestro vienen de una anciana tradición de oración; esto sólo confirma su profundo valor. Visto como el fundador de una religión, Jesucristo no enseñó nada característicamente nuevo y ciertamente no una nueva moralidad. Ni tampoco es esto contradicho por el tan consabidamente citado Sermón de la Montaña, dado que el mismo no trata de leyes morales. “Bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los hambrientos, bienaventurados los que lloran, bienaventurados cuando os odien”. Esto no son leyes morales. Son un retrato y una invocación de una nueva creación. Aquél que llora ahora, reirá, en un nuevo mundo y una vez que haya “sido puesto en Cristo”, como dice Pablo. No dice, “bienaventurados los justos”, sino “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”, esto es, aquellos que tienen el sentido de la condición caída del mundo y de sus propias fallas y anhelan la curación. El anhelo incansable del que Jesús habla no es una categoría moral. No es algo que pueda ser alcanzado por el poder de la voluntad. No podemos desear ser pobres en espíritu y luego tener la esperanza de que sucederá. La necesidad de convertirse en un hombre nuevo no es una demanda moral. Esencialmente, moralidad y santidad son conceptos que difícilmente tengan algo en común. Por supuesto, esto no quiere decir que uno pueda imaginarse un santo inmoral, aunque la literatura rusa, por ejemplo, se ha adentrado largamente en este territorio. La única cosa nueva en el cristianismo, y lo que lo distingue de todas las otras religiones –lo que lo hace, por así decirlo, la coronación o culminación de todas las religiones- no es la doctrina, sino la Persona del Hombre Dios, su nacimiento de una Virgen, su muerte sacrificial por los pecados de la humanidad, su Resurrección. Es una persona histórica, no una persona mítica, y los eventos históricos de su vida pueden ser datados con bastante precisión con los reportes de los funcionarios de una oscura provincia romana. La situación es de hecho todo lo contrario de lo que Goethe expresa: las enseñanzas de Jesús son menos fructíferas que su nacimiento, su muerte, y su resurrección por la humanidad -y no simplemente por la “parte noble” de la humanidad-. Sólo en este contexto las enseñanzas de Jesús adquieren su status de autoridad; de otro modo serían ideas o intuiciones de la más sublime sabiduría, pero aun así abiertas a debate. Al centro del cristianismo, de cualquier modo, se ubica el milagro de la Encarnación.  Sólo con el fondo de la Encarnación las palabras y obras de Jesús ejercen su reclamo vinculante para nosotros.

 Es este Dios Hombre encarnado físicamente el que está en el centro del mensaje cristiano. A través de los ojos de los Evangelistas –a pesar de su clásico estilo lacónico- lo vemos a Él no sólo enseñando, sino también comiendo y bebiendo, sintiendo hambre, estremeciéndose ante la hiel amarga que le es ofrecida, disfrutando del perfume de un frasco de ungüento, receptivo a la belleza de las flores, mostrando una ira terrible, y, por sobre todo, permaneciendo callado. En pasajes claves del Evangelio el Dios Hombre guarda silencio, o bien hace otras cosas extrañas que continúan desconcertándonos: escupe en el barro y hace una masa con él, con su dedo escribe palabras en la arena que nadie puede descifrar; asa un pescado para sus discípulos; derrama lágrimas al enterarse de la muerte de Lázaro. No tenemos idea de su estatura o rasgos faciales, y sin embargo vemos continuamente en los relatos de los evangelistas el efecto que causaba en las personas. Las grandes conversiones en el Evangelio nunca provienen de batallas intelectuales o instrucción, diálogos socráticos, refutación o persuasión: suceden sin una palabra. Jesús mira a alguien a los ojos y lo une a Él para siempre. Camina calle abajo, por entre mendigos y enfermos que encuentran su curación a través de su confesión: “Yo creo”.  ¿En qué creían los ciegos y los cojos cuando veían a Jesús pasar? No en el Credo de Constantinopla, por cierto. Quizás ellos ni siquiera podrían expresar con claridad alguna qué querían decir cuando decían, “Yo creo”. Después de todo, no conocían a Jesús para nada, y no podían tampoco tener alguna idea de la historia de su vida. Era la presencia corporal del Dios Hombre, y la certeza de que Él estaba ahí precisamente por ellos, lo que creaba en esta gente desvalida la unión con Jesús. Era esta unión, que trascendía cualquier cosa que pudieran saber de Él, la que lo hacía todo.

Los primeros cristianos sabían que el mensaje cristiano era Jesús mismo. La esencia de la noticia del Evangelio, la más profunda, y más apremiante imagen de Dios era que Dios se había hecho carne, presente entre nosotros, en el Dios Hombre. Los apóstoles eran claramente conscientes de que no podrían sostenerse en la fe sin la presencia física de Jesús, y por eso, al dejarlos, Jesús prometió que nunca más estarían sin su presencia. “Estoy con ustedes hasta el fin de los días”. La promesa del Paráclito es la seguridad de que la conexión del alma con el Creador nunca será rota, que el Espíritu de Dios está presente en su Iglesia; pero sobre todo muestra la manera en que será continuada la presencia física del Hijo de Dios –de un modo cambiado- incluso después de desaparecer de este mundo visible; a saber, a través de la acción del Espíritu Santo en la liturgia. Así comenzó el proceso espiritual más magnífico y único de la historia del mundo: con el fin de hacer presente entre nosotros al ser más espontáneo y desconcertante de la historia, personal en el más alto grado –el Dios Hombre Jesucristo-, fue creada una liturgia sobrísima, completamente armoniosa, impersonal y no subjetiva. Cuando queremos identificar la acción del Espíritu Santo (prometida por Cristo) en la Iglesia, frecuentemente hacemos referencia a la presencia del Espíritu en los concilios y sínodos de la Iglesia y en la gracia de estado brindada a los obispos y sacerdotes, que son iluminados  por el Espíritu en sus decisiones doctrinales. No quiero negar esto en lo más mínimo, pero muy a menudo en estos casos se hace difícil discernir la influencia del Espíritu Santo con certeza. Conocemos situaciones en las que el episcopado de todo un país no sólo tomó decisiones que eran deshonrosas en un sentido secular, sino que claramente las tomó en ausencia del Espíritu Santo (y de cualquier otro espíritu bueno). No puede haber dudas de que el Espíritu Santo está solamente presente en la liturgia y en los sacramentos cuando Él efectúa la presencia corporal de Jesús. En resumidas cuentas, podemos decir que la Santa Misa es el Espíritu Santo prometido a los discípulos. Jesús, cuya existencia física era el núcleo de su mensaje, continúa viviendo físicamente en la liturgia, en la imposición de las manos, en la unción, y en las realidades físicas del pan y el vino.

Los primeros cristianos también sabían, sin embargo, que si esta presencia tenía que ser un don, para ello tenía que ser real, esto es, no podía ser algo fabricado, algo resultante de la creatividad del hombre. Jesús mismo ha instituido el corazón del rito cuando partió el pan en el piso superior del Cenáculo en la Última Cena; pero no es simplemente el caso de volver a representar la escena, porque –como se dio cuenta la comunidad primitiva, primero gradualmente y luego de manera definitiva después de la Ascensión de Jesús- la fracción del pan contenía no sólo el evento de la última cena, sino también el sacrificio del Gólgota y las bodas eternas del Cordero de la que habla el Apocalipsis. Que la fracción del pan era un sacrificio, las liturgias paganas y judías son las que mejor pueden expresarlo; ellas estaban ya en existencia, e incontables gentes habían hablado a Dios a través de ellas. Ellas expresaban su espera del Redentor y también es apta para expresar la espera de su retorno por parte de los cristianos. Aquellos que encuentran defectos en la liturgia por retener elementos del antiguo paganismo tendrían que aplicar su crítica con igual severidad a los elementos del Judaísmo que hay allí contenidos. Cuando Dios se convirtió en un Hombre en la colonia romana de Palestina, era claro que el cristianismo tendría que convertirse en una religión Romana, esto es, si tenía que ser, no una secta judía, sino Luz para iluminar a los gentiles, una religión universal. En la Iglesia Ortodoxa, Sócrates y Platón son puestos en el mismo nivel que los profetas, y en el Aerópago Pablo dijo a los griegos que el Dios que él proclamaba era el mismo Dios del que hablaban sus poetas. (Sin dudas que estaba pensando en la imagen de Dios presentada en las tragedias griegas, particularmente en las tragedias de Sófocles). Siempre desde el sacrificio de Abel, la historia humana ha producido formas artísticas anónimas, y ahora fueron llenadas con toda la profundidad de la divina presencia. Llenadas de esta manera, las viejas formas fueron naturalmente transformadas en otra cosa. Sólo tenemos que pensar en los lugares sagrados, las santas montañas y los manantiales de los mundos pagano y judío. Una vez que el período de la persecución a los cristianos quedó atrás y el cristianismo se convirtió en la religión del Estado, los lugares sagrados paganos eran frecuentemente elegidos cuando se trataba de construir iglesias. Así los templos de Venus devinieron en iglesias de María, y los templos de Mercurio en iglesias de San Miguel. No obstante la “atopía cristiana”, o el “no-lugar” como llamo yo a esta característica libertad en relación al lugar, se afianzó a sí misma. Ahora el lugar era sagrado, no por sí mismo, sino porque la misa era dicha allí. Más aún, el lugar en el que estuvo una iglesia no era ya más simplemente ese lugar: era Jerusalén; no que fuera la Jerusalén geográfica, pero sí una Jerusalén ideal, es decir, el cielo. El sacrificio que era ofrecido allí no era ya más fundamentalmente el hombre volviéndose a Dios en la esperanza de entrar en relación con Él a través de presentes o adoración: se había convertido en Dios vuelto hacia el hombre.  Estamos constantemente siendo profundamente sorprendidos por la reforma introducida por Jesucristo, la única reforma que merece ese nombre. Una forma sagrada, heredada, es utilizada para expresar algo completamente nuevo, algo que revierte todas las relaciones que operaban hasta ese momento.

Dije que los discípulos, y los primeros Cristianos, eran conscientes de que si querían entender completamente el mensaje de Jesús, no era suficiente que pasaran sus enseñanzas fielmente, como, por ejemplo, solía leer mi padre los domingos en el pequeño libro negro. Si estas enseñanzas tuvieran que tener su efecto, era esencial para los discípulos tener la experiencia y conocer la influencia de Jesús, corporalmente presente. Y si la liturgia ha de ser esta manifestación del cuerpo de Jesús, esencial para la vida cristiana, puede ser posible experimentarla como algo que no es de factura humana sino algo dado, algo revelado. Por eso Basilio el Grande, un monje y uno de los Padres de la Iglesia Oriental, consideraba la Misa como una revelación tan grande como la Sagrada Escritura, y consecuentemente prohibía estrictamente a cualquiera alterar o remodelar la liturgia. El hecho es que los reformadores modernos de la Misa y los modernos exégetas que tratan de sujetar la Revelación con el método histórico-crítico son aves del mismo plumaje. Por extraño que parezca, después de toda la experiencia arqueológica y filológica, lo que emerge es un Jesús que podría haber sido un miembro honorario del Partido Socialdemócrata Alemán, un Jesús que es tan aceptable para las mujeres como Willi Brandt, e igualmente no resurrecto.

Por supuesto que sabemos que el rito no ha venido a nosotros sin cambios desde los días de los primeros cristianos. Y aun así podemos considerar a la antigua Misa (erróneamente llamada Misa Tridentina: debería de hecho ser llamada la Misa de San Gregorio el Grande, así como los ortodoxos hablan de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) como algo inalterado e inalterable, algo que ha bajado directamente a nosotros desde el cielo. La razón está en que esos cambios no fueron arbitrarios sino el resultado de un crecimiento gradual; tuvieron lugar tan lentamente que nadie ciertamente los notó. Los cambios graduales y constantes que tuvieron lugar en el rito no fueron el trabajo de escolásticos en sus escritorios; fueron el resultado de aquellos orando en Misa por dos mil años de historia. Sólo a santos como Ambrosio o Agustín o Tomás Aquino debería permitírseles adicionar algo a la Santa Misa, nunca a hombres de escritorio, aun cuando trabajen en el Vaticano. En relación a la cuestión del sacerdocio de mujeres, un sacerdote me dijo: “La idea de que las mujeres están excluidas de la toma de decisiones de la Iglesia porque les es negado el sacerdocio es otro de los frutos de la modernidad, que ha traído una ola de decisiones en la Iglesia en los campos de la teología, la liturgia, la moral y el derecho. En otros tiempos un sacerdote no tenía que tomar decisiones. Tenía que ser obediente. Un sacerdote no tenía poder, ni tampoco necesitaba tenerlo” Estrictamente hablando, esto aplica también al papado: la infabilidad papal no es otra cosa que la sumisión del Papa a la Revelación y a la enseñanza de todos los tiempos.

Sabemos que el misterioso trabajo de la tradición, haciendo presente lo pasado hace ya tiempo, ha sido dolorosamente perturbado. Las cosas que son sagradas son por definición intocables, y esta intocabilidad ha sido gravemente dañada; en verdad, está siendo perjudicada cada día, sea por malicia o insensatez. Incluso entre aquellos que no abandonaron -y no pueden abandonar- el antiguo rito, hay una especie de cierto celo reformista que sólo puede ser atribuido al anhelo de auto destrucción que a veces aflige a los grupos de oposición faltos de éxito. El altamente cargado término “pastoral” es siempre usado cuando los cambios litúrgicos son introducidos. “Pastoral” significa perteneciente al cuidado del pastor, pero hace largo tiempo que hemos comenzado a traducirlo de manera diferente: “Nosotros, el clero, decidimos cuánto del esplendor pueden tomar los laicos estúpidos y confundidos”. Ninguno, sin embargo, que haya encontrado su camino, a través de sacrificios y pruebas, a la gran liturgia cristiana, permitirá que un clérigo progresista o conservador lo prive de él. No debemos pensar en el futuro. Las perspectivas de una liturgia cristiana son pobres. Desde la perspectiva de hoy, el modelo futuro de la religión cristiana parece ser aquél de una secta norteamericana, la forma más temible que haya adoptado alguna vez la religión en el mundo. Pero el futuro no es objeto de preocupación para el cristiano. Él es responsable de su propia vida; está en él decidir si puede dar la espalda al Cristo litúrgico, en tanto este Cristo todavía se nos muestra.



lunes, 11 de julio de 2016

La Herejía de lo Informe - Martin Mosebach

2. Liturgia – La Religión Vivida


En 1812, en Carlsbad, Goethe se encontró con la joven emperatriz María Ludovica; cuando la emperatriz se enteró de la profunda impresión que había causado en Goethe, le comunicó “el noble y definitivo sentimiento” por el cual ella “no quería ser identificada o aludida” en ninguna de sus obras “bajo ningún pretexto”. “Porque”, dijo ella, “las mujeres son como la religión, cuanto menos se habla de ellas, más ganan”. Es una fina regla, y merece ser tenida en cuenta. De cualquier manera, voy a ignorarla hablando de religión en su aspecto práctico, religión vivida, esto es, liturgia. Quizás el mayor daño hecho por la reforma de la misa del Papa Pablo VI (y el proceso subsiguiente que la sobrepasó), el mayor déficit espiritual, sea éste: ahora estamos obligados a hablar sobre liturgia. Incluso aquellos que quieren preservar la liturgia o rezar en el espíritu de la liturgia, y hasta aquellos que realizan grandes sacrificios para mantenerse fieles a ella. Todos han perdido algo invalorable, por decirlo así; la inocencia de aceptarla como algo dado por Dios, algo que viene al hombre como un regalo del cielo. Aquellos de nosotros que somos los defensores de la grande y sagrada liturgia, la liturgia romana clásica, nos hemos convertido –en menor o mayor grado- en expertos litúrgicos. En orden a contrarrestar los argumentos de la reforma, que fueron adornados con academicismos técnicos, arqueológicos e históricos; debimos adentrarnos en cuestiones de culto y liturgia, algo que resulta totalmente extraño al hombre religioso. Nos llevaron a considerar la liturgia de una manera escolástica o jurídica. ¿Qué es lo absolutamente indispensable para una liturgia genuina? ¿Hasta qué punto son tolerables los caprichos del celebrante y cuándo son aceptables? Tuvimos que acostumbrarnos a aceptar la liturgia sobre la base de requisitos mínimos, cuando el criterio debió haber sido sobre el máximo. Y finalmente, comenzamos a evaluar  la liturgia -¡un acto monstruoso!-. Nos sentábamos en los bancos y nos preguntábamos a nosotros mismos, ¿es esto una misa o no lo es? Voy a la iglesia a ver a Dios y salgo como un crítico de teatro. Y si, de vez en cuando, tenemos el privilegio de celebrar la Santa Misa que nos permite olvidar, por un rato, la gran catástrofe histórica y religiosa que ha dañado profundamente el puente que une al hombre con Dios, no podemos olvidar todos los esfuerzos que debieron hacerse para que esta Misa tuviera lugar, cuantas cartas tuvieron que ser escritas, cuantos sacrificios hicieron posible el Santo Sacrificio, para que (entre otras cosas) podamos rezar por un obispo que no quiere en absoluto nuestras plegarias y que hubiera preferido no ser mencionado durante el canon. ¿Qué hemos perdido? La oportunidad de llevar una vida religiosa oculta, días que comiencen con una callada misa en una modesta iglesia de barrio; una vida en la que aprendemos, durante décadas, discretamente guiados por sacerdotes, a mezclar nuestro propio sacrificio con el sacrificio de Cristo; la Santa Misa en la que escrutamos nuestros pecados y las gracias que nos son dadas, y nada más: raramente sea posible esto en adelante para un católico consciente de la tradición litúrgica, una vez que el status incuestionable de la liturgia ha sido destruido.

            Estoy exagerando, dirán quizás. Pueden decir que, aunque el culto ha sido devastado, la enseñanza de la Iglesia sobre el misterio del sacrificio se ha mantenido intacta. Pueden señalar el hecho de que el propio reformador, el Papa Pablo VI, reafirmó el carácter sagrado y sacrificial de la Santa Misa; Pueden decir que su sucesor, el Papa Juan Pablo II, hizo lo mismo y que el nuevo Catecismo contiene la enseñanza íntegra sobre la liturgia, en armonía con la tradición de la Iglesia. Es verdad; lo que la suprema autoridad magisterial dice sobre la Santa Misa es la antigua fe católica. El hecho mismo de que el Catecismo pudiera ser publicado y que, a pesar de las innumerables formulaciones comprometedoras y lirismos pasteleros que cubren varios de sus puntos sensibles, constituya así y todo un compendio tradicional de la doctrina católica, es en sí mismo un milagro en los tiempos que corren. Desde que este Catecismo fue publicado podemos sentirnos menos avergonzados de ser católicos. ¿Pero qué efecto tiene en nuestra Iglesia en los días ordinarios y en los días santos? Cuando el Zar Nicolás I introdujo una estricta censura, explícitamente excluyó de la misma a los libros que contenían más de mil páginas; de todos modos, nadie leería jamás esos libros. Es un hecho indisputable, lo sé, que la gente se fija en el Catecismo de tanto en tanto en nuestros seminarios, al menos por entretenimiento; pero no me interesa eso. No soy un teólogo o un abogado de derecho canónico. Soy un escritor, y debo mirar el mundo desde una perspectiva diferente. Si quiero saber en qué cree un hombre, no es bueno para mí mirar en el libro de normas de su club, si me disculpan la expresión. Debo observar al hombre, sus gestos, la forma en que mira; debo verlo en los momentos en que tiene la guardia baja. Déjenme darles un ejemplo de lo que quiero decir.

            A continuación del indulto papal de 1984, la Santa Misa era celebrada según el rito antiguo en una pequeña y recóndita capilla en el segundo piso de la ex Casa Kolping[1] que había sido convertida en un hotel. Estaba decorada con un arte eclesiástico horrendo: Una Madonna de concreto en estilo geométrico y un crucifijo de vidrio colorado que parecía una gelatina de frambuesa; éstos eran los objetos sagrados honrados por la incensación. En cualquier caso, nadie habría podido ser acusado de ir a esta capilla por esnobismo estético. Este insulto barato, tan a menudo dirigido a aquellos que frecuentan el rito antiguo, no podía ser lanzado contra los fieles de Frankfurt. Los laicos que iban allí no tenían muy claro cómo debían ser preparadas las cosas; no conocían las costumbres de sacristía y sólo lentamente adquirieron el conocimiento necesario. Luego, un grupo de mujeres que tenían el hábito de rezar juntas, comenzó a encargarse del lienzo del altar. Me gustaría contarles de estas mujeres.  Un día le preguntaron a la persona a cargo de la capilla qué había sucedido con los purificadores utilizados, esto es, los paños que el sacerdote usa para limpiar el cáliz de los restos de vino consagrado. Él les contestó que habían sido puestos en la máquina de lavar con las restantes cosas. A la siguiente misa las mujeres trajeron una pequeña bolsa que hicieron especialmente, y luego pidieron el purificador y lo pusieron en la bolsa. ¿Para qué lo querían? “¿No lo ves? Está impregnado con la Preciosa Sangre: no está bien tirarla por el desagüe”. Las mujeres no tenían ni idea que la Iglesia, en otros tiempos, de verdad requería que el sacerdote mismo hiciera el lavado inicial del purificador y que luego el agua fuera vertida en un lavabo especial o en la tierra; pero ellas no podían permitir que este pequeño lienzo fuera tratado como ropa sucia; instintivamente ellas cumplieron con las prescripciones de una antigua regla, aunque fuera una regla perimida. Una de estas mujeres dijo, “Es como lavar los pañales del niño Jesús”. Es un poco desconcertante escuchar esto. Me pareció que su piedad era un poco demasiado concreta. La vi lavando el purificador en casa después de rezar el rosario. Llevó el agua al jardín de adelante y lo vertió en una esquina donde crecían flores particularmente bellas. A la tarde ella y otra mujer prepararon el altar. Tender el largo y angosto paño no era fácil. Las dos mujeres estaban muy compenetradas en su tarea y sus acciones mostraban una especie de cierta preocupación reservada, como si, de una manera sobria y eficiente, estuvieran cuidando de alguien a quien amaban. Yo miraba estas preparaciones con creciente curiosidad. ¿Qué estaba pasando? Todos los relatos de la Resurrección mencionan los lienzos plegados –“angelicos testes, sudarium et vestes”- como dice la secuencia pascual. No había duda: estas mujeres de la capilla del recóndito segundo piso, eran las mujeres que custodiaban el sepulcro de Jesús. Ellas vivían en la constante, indubitada y concreta experiencia de la presencia de Jesús. Se comportaban en su presencia de una manera completamente natural, en concordancia con su procedencia y educación.  Su vida era adoración, traducida en una muy precisa y práctica acción: la liturgia. Mirando estas mujeres, estaba claro que creían en la presencia real de Jesús en el Sacramento del Altar.  Lo que muestra lo que es la fe: las cosas que hacemos naturalmente y de manera normal.

            Vayan a cualquier iglesia: ¿Qué hace la gente normalmente?  Casi nadie se arrodilla para el acto de la transubstanciación, bastante a menudo, ni siquiera el sacerdote hace la genuflexión ante los dones consagrados. Una mujer trae las Hostias para la congregación desde un armario pequeño y dorado que se encuentra a un costado; lo hace con una manera tan confiada y auto suficiente que parece que estuviera trayendo unos medicamentos del botiquín. Coloca las Hostias en las manos de los comulgantes; pocos de ellos muestran a la Hostia la reverencia de una genuflexión o una inclinación.

            Las personas con sensibilidad estética, tan despreciados y sospechados, son los recipientes de un terrible don: pueden discernir infaliblemente la verdad interior de lo que ven en base a su forma exterior.  He hablado frecuentemente con píos apologistas sobre la situación que acabo de describir, que es observable en todo el mundo. Era doloroso para el clero hablar sobre estas cosas, pero no estaban dispuestos a admitir que había ocurrido una pérdida de espiritualidad. Decían que arrodillarse era medieval. Los primeros cristianos rezaban parados. El estar de pie significa Cristo resucitado, eso decían; es la actitud más apropiada para un cristiano. Se supone también que los primeros cristianos recibían la comunión en la mano. ¿Qué hay de irreverente en que los fieles hagan de sus manos un “trono” para la Hostia? Les aseguro que las personas que me decían estas cosas hablaban absolutamente en serio.  Pero se hace muy claro que los pastores de almas están increíblemente alejados del mundo en estas cuestiones; los argumentos académicos son completamente inútiles en cuestiones de liturgia. Estos escolásticos están siempre preocupados por el costado histórico de la sustancia de la fe y de las formas de devoción. Sin embargo, si pensamos correcta e históricamente, deberíamos caer en la cuenta que lo que es una expresión de veneración en un período puede ser una expresión de blasfemia en otro diferente. Si la gente que ha estado arrodillándose por mil años súbitamente se pone de pie, ellos no piensan, “estamos haciendo como los primeros cristianos, que se paraban para la consagración”; no son conscientes de estar retornando a una forma particular de culto. Simplemente se paran, sacuden el polvo de sus pantalones y se dicen a sí mismos “Así que no era nada tan serio después de todo”. Todo lo que tiene lugar en celebraciones de esta clase implica la misma cosa: “No era tan serio después de todo”. Bajo tales circunstancias, antropológicamente hablando, es casi imposible que la fe en la presencia de Cristo en el sacramento tenga algún significado espiritual más profundo, incluso aunque la Iglesia continúe proclamándola y aun cuando los participantes de este tipo de celebraciones la afirmen explícitamente.

            Fui a diferentes parroquias en búsqueda de patenas de comunión y descubrí que, en mi ciudad, desde que las patenas no eran consideradas ya como necesarias, fueron entregadas en su totalidad para ser fundidas. Reitero que no soy un teólogo; pero para mí –alguien cuya tarea es retratar personas y reconstruir las motivaciones humanas- si alguien permite que las patenas de comunión sean fundidas, es imposible que crea en la presencia real de Cristo en el sacramento. Creemos con nuestras rodillas, o no creemos en absoluto. “No puedo hacer nada al respecto”, me dijo una vez una amiga protestante, “pero encuentro embarazoso ver a un hombre grande arrodillado”. Esta mujer tenía una mayor comprensión de la crisis en las formas de culto que los profesionales elocuentes con todo su discurso arqueológico de "tronos" y gestos de la resurrección y posturas de oración. Un hombre de rodillas porque cree que su Creador está presente en una pequeña hostia blanca: esto sigue siendo una piedra de tropiezo en muchos lugares, y debemos dar gracias a Dios por ello.

            He descripto mi convicción de que es imposible mantener adoración y reverencia sin sus formas tradicionales. Por supuesto que siempre habrá personas tan llenas de gracia que puedan rezar incluso si todos los medios de oración le fueran arrebatados de sus manos. Mucha gente, también, preocupada por estas cosas, preguntará, ¿“No es todavía posible celebrar la liturgia de Pablo VI con adoración y reverencia”?  Naturalmente que es posible, pero el hecho mismo de que sea posible es el argumento de mayor peso contra la nueva liturgia. Se ha dicho que la sentencia de muerte de la monarquía suena cuando se hace necesario para el rey el ser competente: esto es porque el rey, en el antiguo sentido, está legitimado por su nacimiento, no su talento. Esta observación es incluso más verdadera en el caso de la liturgia: la sentencia de muerte de la liturgia suena una vez que se requiere un buen sacerdote para llevarla a cabo. Los fieles jamás deben considerar la liturgia como algo que el sacerdote hace por su propio esfuerzo. No es algo que pasa por buena suerte o como resultado de un carisma o mérito personal. Mientras la liturgia transcurre, el tiempo está suspendido: el tiempo litúrgico es diferente del tiempo que transcurre fuera de las paredes de la iglesia. Es el tiempo del Gólgota, el tiempo del hapax, el sólo y único sacrificio; es un tiempo que contiene todos los tiempos y ninguno. ¿Cómo se puede hacer ver a un hombre que él está dejando el presente atrás si el espacio en el que entra está totalmente dominado por la presencia de un individuo particular? Que sabía la antigua liturgia cuando prescribió que la congregación no debía ver el rostro del sacerdote, sus distracciones o frialdad o (incluso más importante) su devoción y emoción.

            Puedo ver las sonrisas irónicas en las caras de los clérigos progresistas cuando leen esto. “¿No estás al tanto para nada del desarrollo histórico de la liturgia? ¿Realmente piensas que la misa bajó del cielo en la forma del misal de 1962? ¿Puedes hablarnos del sacrilegio involucrado en la alteración de la liturgia, cuando la historia de la Iglesia muestra que la liturgia ha sido creada por una serie interminable de alteraciones?

            Comencé diciendo que, quiéranlo o no, todos los adherentes a la antigua liturgia han de volverse versados en cuestiones de liturgia de manera de poder resistir los ataques que le son hechos en nombre del academicismo. Estos ataques han sido ciertamente resistidos; han sido desenmascarados y expuestos como insostenibles en términos académicos. El nombre de Klaus Gamber debe ser mencionado acá: El representa a todos lo que han desentrañado y desterrado el producto de la pseudo arqueología y de una ideología astuta y aderezada. Sabemos cuáles elementos de culto de la sinagoga judía han entrado en la misa; podemos identificar las partes que vienen del ceremonial de la corte bizantina y aquéllos que eran del uso monástico o de una ceremonia real de los francos; somos conscientes de los elementos que revelan una influencia gótica y escolástica y de aquellos que deben su inserción en el ceremonial sacrificial a la devotio moderna. La misa como la tenemos en su forma más reciente, anterior al concilio, no es un panteón clásico, por ponerlo en términos arquitectónicos; o, si la miramos con el frío ojo del liturgista, de ninguna manera es un edificio lógico y sin fallas que respete los cánones de la proporción áurea, donde cada detalle puede ser referido en un sentido altamente artístico en proporción con el todo. Es más apropiado compararla con una de nuestras antiguas iglesias, sus cimientos románicos enraizados profundamente en la tierra, con su presbiterio gótico, su pintura barroca sobre el altar y sus ventanas de estilo nazareno. Uno no necesita tener los ojos desaprobadores del reformador para ver lo que es raro e ilógico en la estructura de la misa. Como todo el mundo sabe, no era la intención que el sacerdote, luego de incensar el altar, dijera los versos de un  salmo en voz baja,  que en realidad es sólo la antífona perteneciente al salmo íntegro que acompañaba su entrada (…). De manera similar, es claro para todos que el “Dominus Vobiscum” y el “Oremos” previos al ofertorio hacían de introducción a una oración hoy desaparecida (…). De nuevo, puede parecer extraño que los fieles sean primero enviados fuera –debe ser señalado que el “ite, missa est” no significa “Vayan en paz”, a manera de despedida, sino “Vayan, la misión de su apostolado acaba de comenzar”- sólo para después tener que permanecer ahí aguardando la bendición, y todavía tener que recibir una segunda bendición en forma de lectura del comienzo del Evangelio de San Juan. Sin duda que hay más enigmas a ser explicados por los expertos en estas materias.

            De cualquier forma, mientras que puede ser dicho que, en sus textos y en la secuencia de sus acciones, la Santa Misa ha tenido sustancialmente la misma forma por muy largo tiempo, es también cierto que ha tenido una apariencia distinta en cada siglo, como se deduce claramente de la arquitectura eclesial de cada período. La Santa Misa en la vieja Iglesia de San Pedro en Roma en los tiempos del emperador Constantino, en una basílica pesadamente adornada con cortinas, estaba seguramente impregnada de algo lindante entre lo místico, cúltico, mistérico y una ceremonia de un estado patricio. Una catedral gótica en la que cuarenta misas eran dichas en todos sus altares al mismo tiempo por las pobres almas del purgatorio, tenía una atmósfera diferente a las teatrales iglesias barrocas donde el Sacrificio era ofrecido con el acompañamiento de música orquestal altamente dramática. Y el purismo racionalista de los monasterios benedictinos franceses con que celebran el viejo rito hoy hubiera sido inimaginable en cualquier otro siglo a excepción del nuestro. ¿Cuál es el punto? ¡Por supuesto que el rito está cambiando constantemente en su viaje a través de los siglos!  Pero lo hace sin que nadie se dé cuenta y sin que el proceso sea afectado por una injerencia arbitraria. Como seres históricos que somos, estamos sujetos al espíritu de la época en que vivimos; vemos a través de sus ojos, oímos a través de sus oídos, y pensamos de manera acorde a su mentalidad. Los cambios de una acción antigua que son provocados por la mano modeladora de la historia no tienen un autor conocido; permanecen anónimos, y –lo que es más importante- son invisibles para los contemporáneos; emergen a la conciencia sólo después de generaciones. Los cambios y las transformaciones graduales de este tipo nunca son “reformas”, porque no hay una intención explícita tras ellos de hacer algo mejor. Una característica más preciada del depósito de sabiduría de la Iglesia era que ella tenía la capacidad de mirar hacia abajo el proceso histórico  desde una gran altura, como si fuera un ancho río, reconociendo su poder irresistible, erigiendo cautelosamente presas aquí y allá o redireccionando los arroyos secundarios hacia el canal principal. Y siendo que la misa no tiene autor y que no puede asignársele una fecha precisa a la incorporación de ninguna de sus partes  -esto es, a cuándo se originó y cuándo finalmente fue universalmente incorporada a la misa- cualquiera era libre de creer y sentir que era algo eterno, no hecho por manos humanas.

            Esta creencia y sentimiento, sin embargo, es la precondición crucial si vamos a celebrar la Santa Misa de manera correcta. Ninguna persona religiosa puede ver un culto en un evento que es fabricado de comentarios de historia de la Iglesia o de teología pastoral de la Reforma. Toda la fuerza del culto, para los participantes, está en que propone hechos que unen el cielo y la tierra; y lo hace con autoridad. Si no puede reclamar para sí ser objetivo, increado, algo axiomático, no puede –antropológicamente hablando- ser objeto de la experiencia sentida. Lo que no queremos hacer, cuando participamos en la Santa Misa, es ser “activos”, dado que tenemos una buena razón para desconfiar de los instintos de nuestra mente y de nuestros sentidos. ¿Qué “rol activo”, por caso, tuvieron los apóstoles en la última cena? Ellos dejaron que los asombrosos hechos los envolvieran, y cuando Pedro empezó a resistirse, fue instruido específicamente a que permaneciera “pasivo”: “¡Si no te lavo, no tendrás parte en mí!”. Lo que queremos hallar en la Santa Misa es la felicidad del hombre del Nuevo Testamento, que se sienta en la periferia y mira a Cristo “pasar”. Esto es de lo que trata la misa, y es por ello que el Sacrificio de la Misa es visto en el contexto del banquete del éxodo judío: “Porque es la Pascua, el paso –la muerte- del Señor”.

            El hecho de que el antiguo rito está ahí, presente a nosotros como algo que ha crecido, es el signo, la expresión pictórica, de su institución divina. Podemos decir que, como Jesús, es “engendrado, no creado”. La cautela con que todos los papas anteriores a Pablo VI trataron la misa nos dice que la Iglesia quería que tuviera esta cualidad icónica y buscaba promover esta impresión específica. Así que, cuando celebramos la Misa, debemos tratar de olvidar todo lo que aprendimos de ella de la historia de la Iglesia. Su núcleo es la revelación de Cristo, y es por ello que el hombre religioso querrá tratar la misa en su totalidad como revelación.

            Si nuestro objetivo es poner de manifiesto el significado religioso de las ceremonias y rituales para que puedan cumplir con su función religiosa, no tiene sentido el hacer preguntas sobre el significado histórico de las recetas individuales. Con bastante frecuencia, históricamente hablando, las acciones litúrgicas se remontan a necesidades particulares prácticas, a las características arquitectónicas determinadas de alguna iglesia romana, a las costumbres de una sociedad agrícola, o a determinados usos locales y bastante seculares. Todo esto es muy interesante, y ciertamente es maravilloso comprobar cuan cercanamente el tesoro litúrgico nos une con el pasado, con el vasto ejército de los muertos que fueron cristianos antes que nosotros y sin los cuales no habríamos sido cristianos: pero esto no tiene ningún valor desde un punto de vista religioso.

            Así como los metales nobles son utilizados para producir los sagrados vasos, haciendo de lo profano algo sacro, así también las contingencias de la historia y sus eventos particulares se han convertido, en la liturgia, en algo santo; y las cosas santas siempre deben ser consideradas y ponderadas de una manera diferente a las cosas profanas.  Los judíos jasídicos,  exponentes del último movimiento místico europeo, decían que cada palabra de los libros sagrados era un ángel. Así es como quiero considerar yo las rúbricas del misal: para mí, cada prescripción del misal es un ángel. Una vez que he reconocido que un ángel es responsable de cada acción litúrgica, jamás estaré en peligro de considerar la liturgia como algo sin vida, o como un formalismo, o como una reliquia histórica, o un detrito sin sentido del tiempo que avanza hacia delante. También nos preserva de una mirada legalista, anti espiritual y escolástica sobre las cosas, que juzga los misterios de la liturgia de acuerdo a categorías de “validez” y “requisitos mínimos”. No está bien –y desde la perspectiva de una persona religiosa es absurdo- mirar la misa como si fuera un contrato legalmente vinculante, con sus estipulaciones y condiciones necesarias. Es “necesario” para un sacerdote decir las palabras de la consagración; incluso la nueva liturgia no es “necesaria” en ese sentido. ¡Pero pensar en esos términos es pasar por alto la entera naturaleza del sacramento! Los sacramentos de la Iglesia son continuaciones de la Encarnación, actos continuos de Dios que descienden al mundo de abundantes formas de sus criaturas. Dios se hace hombre, no solamente hombre en su alma y su corazón, sino también hombre en sus uñas y en los pelos de su barba. La liturgia tiene que  ser tan compleja y asombrosa como el misterio del Hombre Dios se presenta en formas simbólicas.  Y así como la mujer que era pecadora lavó los pies de este hombre Dios, y el apóstol Tomás tocó sus heridas, la persona religiosa, contemplando el cuerpo de la liturgia, no se pregunta si entendió todo de manera correcta (tampoco indaga si está enfrente de cosas que son superfluas, sujetas al cambio o dispensables): todo su deseo es venerar y amar ese cuerpo, incluso en sus partes más pequeñas y marginales.

            A menudo nos sonreímos ante la manera en que la gente medieval gustaba de explicar las cosas mundanas de un modo espiritual.  Por caso, si la nave de la iglesia no estaba del todo encuadrada con el presbiterio, la gente decía que toda la iglesia representaba al Señor crucificado y que el presbiterio ligeramente torcido era su cabeza, caída a un costado. Creo que es así como debemos ver las cosas. Es la manera más efectiva de llenar el rito con oración y así unir la forma con el contenido. Solía ser el deber del sacerdote, al ponerse cada vestidura, recitar una oración específica que la explicaba. Largo tiempo antes de que muchas de estas vestiduras fueran desechadas, estas oraciones ya habían caído en desuso. Esto, para mí, es un ejemplo de lo que ocurre; una vez que la casulla no es ya más entendida como “el suave yugo de Cristo”, es sólo una pieza textil de más o menos buen gusto: ¿Por qué no sacársela?
           
            Me gustaría utilizar dos ejemplos para ilustrar esta forma meditativa de llenar la liturgia de sentido religioso. Se trata de dos acciones litúrgicas que juegan sólo un pequeño rol, incluso en círculos tradicionales. El primero es la vela de la consagración que es todavía prescripta por el Misal de 1962. Jamás la he visto ser usada. El misal ordena que, antes de la consagración, una vela adicional debe ser puesta sobre el altar al lado del tabernáculo y que no debe ser apagada sino después de la comunión, cuando el tabernáculo ha sido cerrado. Esta vela trastoca la simetría: ¿Por qué? Es muy fácil, sin duda, verla como a Cristo viniendo al encuentro de los discípulos en el camino de Emaús o parándose en medio de sus discípulos y luego desapareciendo de su vista. Una vez que se ha visto bajo esa luz la vela de la consagración, necesariamente ha de lamentarse su desaparición de la liturgia. Y luego está el bugia, el candelabro que es sostenido al lado del obispo para las lecturas (¡y que no puede hacer más brillante la página en una misa mayor matinal!): ¿Hay algo que nos impida verlo como la indicación del hecho de que las Sagradas Escrituras deben ser leídas solamente a la luz de la fe?

            La gran crisis iconoclasta de la liturgia, no obstante, nos presenta oportunidades. Donde todo yace en ruinas no queda nada que preservar; la única cosa por hacer es comenzar a construir de nuevo. Más allá de eso, debemos reflexionar sobre la condición de los edificios previa a su destrucción, antes de comenzar a trabajar en su reconstrucción. Permítanme ser bastante franco: No tengo nostalgia de la forma de la Santa Misa que experimenté de niño en Frankurt en los cincuenta. Al explicar lo que quiero decir con esto, iré haciendo referencia a la forma en que es frecuentemente celebrada la misa en la alemania de hoy en esos círculos que son fieles a la tradición.

            Como niño –si bien uno particularmente renuente y duro para ser enseñado- nunca entendí la Santa Misa, sin dudas porque la liturgia entera tenía lugar a la distancia, como una obra silenciosa, mientras que, más cerca en la nave de la iglesia, un narrador me distraía incesantemente de las acciones sagradas recitando plegarias, meditaciones y explicaciones que frecuentemente estaban muy lejos de ser meras traducciones de lo que se estaba recitando en latín en el altar. Particularmente recuerdo haber escuchado prefacios líricos (y bastante ambiguos), uno de los cuales hacía referencia a pequeñas flores, peces y pájaros que alababan a Dios; Recuerdo la inveterada costumbre de la congregación de recitar el credo “corto” mientras el sacerdote decía el Credo “largo” en latín; recuerdo los comentarios en susurros durante la consagración, que me traían a la memoria reportes radiofónicos sotto voce de la bendición papal urbi et orbi; En resumen, recuerdo la honesta y cuidadosa dedicación de las personas a las que se les habían confiado estas tareas, hechas con la intención de despertar en mí los sentimientos apropiados. Era la imagen de una Iglesia que evidentemente ya no creía en el efecto de sus ritos. Por supuesto que los sacerdotes deben enseñar, guiar e iniciar a los laicos, mostrarles como rezar apropiadamente, y urgirlos a que se mantengan constantes en ello. En ese momento, sin embargo, sé que sentía que el centro de gravedad se había desplazado, especialmente durante las ceremonias sagradas. Al centro se ubicaba, no el servicio objetivo a Dios, el sacrificio que era a la vez debido a Dios y provisto por Él, sino una creciente y ansiosa atención a la congregación. El triunfalismo del que es tan frecuentemente acusada la Iglesia preconciliar hacía tiempo que había adquirido un tono excesivamente insistente. Recuerdo también claramente un creciente sentido de mala conciencia cuando tenía que pronunciar la fórmula de la oración que hablaba de un ardiente amor por Jesús y un rendimiento incondicional de uno mismo: en mis labios, ante la ausencia de estos sentimientos, eran mentiras.

            Este ministerio que estaba concentrado, no en el servicio de Dios, sino en el modelamiento y dirección de las almas, encuentra su punto litúrgico (o más bien anti líturgico) más alto en los himnos vernáculos que dominaban completamente la celebración de la Santa Misa. No puedo hablar de liturgia sin referirme a la cuestión de los himnos; soy consciente que no hay un criterio común al respecto en los círculos tradicionalistas, pero les pido a aquellos que no están de acuerdo conmigo que tengan un poco de paciencia con mi argumento, que es el de un laico de alguna manera atípico. Estoy firmemente convencido, de hecho, que los himnos vernáculos han jugado quizás un rol importante en el colapso de la liturgia. Sólo consideren lo que resultó del florecimiento de los himnos: La reforma de Lutero fue un movimiento cantante, y los himnos expresaban las creencias de los reformadores. Los himnos vernáculos reemplazaron la liturgia, como estaban diseñados para hacerlo; estaban llenos del espíritu combativo de aquellos tiempos lúgubres y estaban destinados a fortalecer a los partisanos. Las personas cantando juntas una melodía pegajosa al tope de sus voces creaban un sentido de comunidad, como lo saben todos los soldados, clubs y políticos. La Contrarreforma católica sintió el poder demagógico de esos himnos. Y asimismo la gente disfrutaba cantando: era tan fácil influenciar sus emociones utilizando tonos placenteros con repeticiones de versos.  En la liturgia de la misa, sin embargo, no había lugar para los himnos. La liturgia no tiene espacios vacíos; es un gran único cantico; allí donde prescribe silencio o susurro, esto es, allí donde el misterio es cubierto con un velo acústico, por así decirlo, cualquier himno estaría fuera de lugar. El himno tiene un principio y un final; está empapado en discurso. Pero los leiturgos de la Santa Misa en realidad no hablan en absoluto; su hablar es un canto, porque es el de un “hombre nuevo”, ya que, en el sagrado espacio de la liturgia, el hombre es un compañero de los ángeles. En la liturgia, el canto es una elevación y transfiguración del discurso, y, como tal, es un signo de la transfiguración del cuerpo que les aguarda a aquellos que serán resucitados. La estética numérica de los himnos –himno1, himno 2, himno 3- es totalmente ajena e irreconciliable con el mundo de la liturgia. En las celebraciones que son gobernadas por himnos vernáculos, el creyente está siendo constantemente transportado a nuevos mundos estéticos. Cambia de un estilo a otro y tiene que lidiar con poesía altamente subjetiva de los más variados niveles. Es movido y agitado, pero no por la cosa misma, la liturgia: es movido y agitado por los sentimientos expresados en ellos. Por contraste, el vínculo  que el canto gregoriano teje entre la acción litúrgica y el canto es tan cercano que es imposible separar la forma del contenido. Los cantos procesionales que acompañan las procesiones litúrgicas (el introito, el gradual, el ofertorio y la comunión), los responsorios del Ordinario de la Misa que entrelaza las oraciones del sacerdote con la de los laicos, y el tono recitado de las lecturas y oraciones, todo esto crea una escalera de expresión litúrgica en la que los movimientos, acciones y el contenido de las plegarias son traídas en perfecta armonía. Este lenguaje es único de la liturgia católica y expresa su naturaleza interior, porque esta liturgia no es primariamente culto, meditación, contemplación, instrucción, sino acción positiva. Su fórmula produce como efecto una obra. La forma completa y cerrada de la liturgia tiene el propósito de hacer presente la acción personal y corporal de Jesucristo. Las oraciones que contiene son la preparación para el sacrificio, no explicaciones para el beneficio de la congregación; ni son tampoco una especie de calentamiento anímico de esta última. En el protestantismo, los himnos vernáculos fueron introducidos como resultado de la abolición del Sacrificio de la Misa; eran ideales como continuación del sermón. A través del canto, la comunidad reunida encontraba su camino de regreso desde la incierta soledad del trabajo diario a la seguridad colectiva del domingo. Una seguridad, nótese, que surge de la exhortación mutua a permanecer firmes en la fe, no de presenciar el objetivo y divino acto del sacrificio.

            No tiene sentido lamentarse de la decisión de los jesuitas, durante la Contrarreforma, de tomar los himnos que habían jugado un papel tan significante en el éxito del protestantismo y utilizarlos en el catolicismo. La presión del protestantismo era inmensa. El futuro parecía pertenecerle al protestantismo. La gente defendía la liturgia, pero parecía que no creían realmente que tuviera el poder de llegar a los corazones de los fieles. La liturgia no fue interferida, pero se la dejó caer en silencio. Fue envuelta en una arquitectura en la que la imaginación se desmadró y acompañada de música orquestal de lo más contemporánea, Misas concierto virtuoso en las que el connoisseur podía escuchar en un rapto de admiración a un soprano de coloratura cantando el Agnus Dei; se la sofocó bajo la cortina de una retórica elegante o bien naive, que se encuentran presentes en muchas devociones y formas de oración que se fueron desarrollando para los laicos. Luego vinieron los himnos. Porque no eran genuinamente católicos, porque eran extraños al espíritu de la liturgia y  surgieron, no de una necesidad espiritual, sino de consideraciones tácticas, no poseían el frecuente poder artístico impresionante de sus modelos protestantes. Y aun así, ahí estaban: el sonido de cientos de personas cantando sofocaron la liturgia y oscurecieron lo que estaba sucediendo en el altar.  Así surgió la liturgia de “doble vía” tantas veces criticada. Era claro que algo debía hacerse; pero, como sabemos, eran los himnos los que salían victoriosos, no la liturgia. Poniéndolo crudamente: la liturgia desapareció, ¿y que vio la congregación en su lugar? A un “director” en vestiduras ondulantes, su boca abierta en un canto jubiloso.

            Estoy hablando aquí enteramente desde mi propia experiencia. Aquí hay otro ejemplo  que me muestra con particular claridad la diferencia entre los himnos vernáculos y el canto gregoriano. Hay un himno especialmente bello que, por regla de excepción, se amolda bastante bien a la liturgia. Es el Te Deum, en su versión alemana, “¡Grosser Gott, wir loben Dich!” (Santo Dios, alabamos tu nombre). Luego de que el sacerdote ha cantado “Te Deum laudamus” en gregoriano, el himno vernáculo se hace cargo, simplemente reemplazando el himno original en latín, esto es, sin obliterar ni oscurecer nada. De niño, mi himno favorito era este “¡Grosser Gott, wir loben Dich!” Me conmovía profundamente. Lo cantaba con toda mi voz y era consciente que todos a mi alrededor también lo cantaban al tope de sus voces. Estaba en un mar de emoción máxima; sonaban las campanas, y parecía como si el techo de la iglesia fuera a explotar con este santo estruendo, tal como hace tiempo cayeron los muros de Jericó; en ese momento todo el mundo creía; todos estaban resueltos; estábamos todos dispuestos a dar nuestras vidas por la religión. Luego las campanas dejaron de sonar; los siguientes versos no eran tan conocidos; el canto era todavía fuerte pero había perdido su potencia abrumadora, y, a medida que la gente retornaba a su estado de ánimo habitual, el entusiasmo era reemplazado por un contentamiento, mezclado, en el caso de los cantantes más ardorosos, con un ligero sentimiento de vergüenza.

            ¡Cuán asombrado estaba la primera vez que escuché el Te Deum en latín! Era una pieza extensa, flotando de un lado a otro, con sus preguntas y respuestas ligeras como una pluma, una mezcla de salmo, letanía y profesión de fe, que combinaba –de una manera decididamente exquisita- antiguos elementos con los nuevos elementos de redención. Escuchando este Te Deum, la leyenda de que San Agustín y San Ambrosio lo improvisaron en el altar, cada uno respondiendo al otro, se hacía verdad por su propia evidencia. Este himno solo pudo venir a la existencia por el más alto grado de inspiración, aquello que Hölderin llama “Heilige Nüchternheit” (santa sobriedad), en presencia del Espíritu Santo que llama a un complejo tipo de juego. Es imposible ejecutar este himno a voz en cuello. Tampoco se ajusta a lo colectivo; no libera emociones. El Te Deum en latín toma al oyente y al cantante gentilmente de la mano y los guía hacia una alta montaña, donde una vista ilimitada se abre ante ellos. El corazón del Te Deum en latín, incluso si todas las campanas resuenan durante su desarrollo, es el silencio.

            Quisiera mencionar otro pasaje de este himno que estaba destinado a sufrir cuando era traducido al verso alemán y aun así es característico del espíritu de toda la obra. En el medio del gran himno de alabanza escuchamos estas palabras: “Dignare, Domine, die isto sine percato nos custodire”  (Oh Señor, mantennos sin pecado este día). Sería imposible cantar esta cuidadosa, mesurada súplica, con la mirada escéptica de la humana natura, con la confiada y asertiva melodía de “Holy God, We Praise Thy Name”. Es un modelo de moderación, y aun así en su corazón yace una reclamación espiritual que trasciende el efecto de las trompetas de Jericó: habla de un día en el cual, como  los hombres alabaron a Dios en las palabras del Te Deum, estuvieron sin pecado; ¿no era éste un día en el Paraíso?

            Al hacer la mejor defensa posible del uso del canto gregoriano en la Santa Misa, soy consciente que estoy argumentando a favor de una antigua y rancia tradición que, incluso antes del Concilio Vaticano Segundo, estaba en decadencia en muchos lugares. Como niño no tuve ninguna experiencia del gregoriano; y muchos de los que vivieron la iglesia preconciliar en su mayor gloria no consideran al canto gregoriano como una de las necesidades más urgentes de hoy. Los himnos vernáculos han también creado un hogar espiritual e intelectual para mucha gente. Sería tonto lamentar el colapso y la destrucción de una tradición mientras se excluye de este lamento las tradiciones que a uno no le gustan. La santidad de la tradición consiste, no primordialmente en su utilidad, sino en su durabilidad. A las formas de oración que, por cien, doscientos, o trescientos años, se han convertido en verdaderas casas de oración en las que los creyentes pueden entrar con seguridad deben brindárseles la protección debida a todo objeto que ha abandonado el uso profano y fue dedicado a Dios.  Tomar las cosas que alguna vez fueron tratadas con reverencia y ya no más, profanándolas, desguazándolas, desechándolas, fundiéndolas y subastándolas, esto es despiadado y vulgar. Y después de todas las olas de destrucción que han devastado nuestros altares a lo largo de la historia de nuestro país, luego de la Reforma y de la secularización con sus cientos de miles de profanaciones -esto es lo más reciente- es igual a sus predecesores en poder destructivo. Alguien debería hacer una lista de todos los altares hechos pedazos en Alemania desde el Concilio. Nuestras iglesias restauradas de acuerdo a las últimas modas arquitectónicas, a menudo se asemejan a esqueletos cuidadosamente disecados, listos para una vida futura de pieza de museo. Nadie que realmente crea en el poder de una bendición, el poder de una oración, sería tan imprudente para despreciar y destruir algo que ha sido santificado por la oración y “cargado eléctricamente”, por así decirlo, de gracias. Incluso iría tan lejos de decir que una reliquia falsa, a la que han acudido muchas generaciones en peligro, y los ha ayudado a dirigir sus pensamientos a Dios, tiene el mismo valor que una reliquia genuina.

            ¿Qué tiene esto que ver con los himnos vernáculos? Significa que, mientras que soy claramente consciente que todo el desarrollo de los himnos vernáculos es una tradición nefasta, en conflicto con el espíritu de la liturgia, a pesar de ello siempre argüiría en que no debe ser interferida, en tanto exista el peligro de dañar una realidad espiritual e intelectual que esté anclada profundamente en el alma de los creyentes. Esta es precisamente la desagradable lección de los últimos veinticinco años: aquellos que destruyeron las antiguas, familiares formas de oración, santificadas por el largo uso, terminaron cortando el camino de sus compañeros creyentes a Dios.

            Las costumbres heredadas merecen respeto en tanto duran. ¿Pero qué si la continuidad ha sido interrumpida? Desde el primer momento he explicado lo que significa cuando una tradición es interrumpida, cuestionada, cuando deja de ser algo evidente por sí misma. Y debemos admitir, sin ambages, que una tradición de mil quinientos años ha sido destruida, y destruida irremediablemente. Consternados y sin palabras, debimos ver como la suprema autoridad católica desvió la totalidad de su fuerza –una fuerza que ha crecido a través de los siglos- a la tarea de erradicar la forma misma de la iglesia, la liturgia, y reemplazarla con otra cosa. Incluso hoy una vasta inteligente y eficiente organización de oficiales está trabajando incisivamente para transmitir las decisiones hechas en el Concilio al más remoto pueblito de los Andes y a la más secreta capilla de una catacumba en China. Recientemente, en un diario, un obispo alemán describía la angustia de los católicos búlgaros, quienes en verdad enfrentan miles de pruebas, pero la preocupación más grave, para el obispo, ¡era que todavía siguen vigentes allí los viejos misales! Un jesuita altamente posicionado me contó de un viaje que hizo por Suecia con otro miembro de su orden, “por supuesto” fueron a un servicio protestante e incluso a la cena del Señor, ¡y solamente cuando pidieron la comunión en la mano fue obvio para todos que eran católicos! He ahí el cómo ha sido cambiada la forma visible del catolicismo. Si alguno está determinado a mantenerse en el rito romano clásico; si, a pesar de los hechos deprimentes, quiere mantener la reverencia y guardar el espacio sagrado, dese cuenta que deberá hacerlo sin la menor esperanza. La esperanza ha sido minada, políticamente, históricamente y sociológicamente. Aquellos que permanecen fieles al rito del sacrificio de la misa de mil quinientos años de antigüedad están viviendo en un vacío. El rito ha sido abandonado por la misma jerarquía que fue creada para guardarlo. Los sacerdotes que permanecen fieles a la liturgia son acusados de desobediencia y amenazados con la suspensión; sacerdotes que quieren permanecer obedientes, pero no están dispuestos a renunciar al antiguo rito, son alegremente aplastados por lo que Carl Smith llama la “burocracia célibe”. Es profundamente irracional arriesgar la paz del alma tomando las armas en defensa de la liturgia; pero cualquiera que aun quiera hacerlo debe también hacerlo apropiadamente, no por un himno vernáculo de 1820, sino por la arcaica y aun siempre joven vestidura que encierra los sagrados misterios como una piel. Preservar la liturgia, me parece a mí, es restaurarla.

            Hay otras formas en las que la celebración de la Santa Misa en los círculos tradicionales se desvía del real espíritu de la liturgia, si es que lo he entendido bien. La principal queja, como ya lo he observado en conexión con los himnos vernáculos, es la aproximación por “dos vías”: ciertas acciones de culto o cantos son llevadas a cabo simultáneamente, a pesar de que no se corresponden una con otra. Por ejemplo, incluso en lugares en que el coro efectivamente canta el introito prescripto (y no un himno), es cantado, no mientras el celebrante está leyendo el introito en el misal, sino durante el salmo “Judica” y el Confiteor. El texto del salmo “Judica” es tan importante, sin embargo, y tan relevante para el estado espiritual de aquellos que se han retirado del mundo para entrar en el espacio sagrado –“¿Quare es tristis, anima mea et quares conturbas me?  (¿Por qué estás triste, alma mía y por qué me conturbas?)- que deberíamos ser capaces de seguirlo.  La congregación también debería tener la oportunidad de rezar por el alma del sacerdote en el Confiteor luego de haber presenciado su confesión. Por causa del canto del coro, el salmo “Judica” y el Confiteor se veían reducidos, en la experiencia de la gente, a un murmullo decorativo, así que nadie se molestaba particularmente si estas oraciones eran eliminadas. Esto estaba mal, por supuesto. Si una oración ha sido marginalizada, uno no le hace justicia dejándola caer por completo o simplemente dejándola en el margen: debería ser puesta nuevamente en el centro.

            Lo mismo se aplica al último Evangelio. Cuando la Santa Misa es celebrada de acuerdo al rito tradicional, en muchos casos el sacerdote lee el último evangelio silenciosamente, haciendo la genuflexión ante el “Et Verbum caro factum est” como si fuera una devoción privada, en tanto la congregación se encuentra ocupada cantando algo totalmente diferente. No obstante, el último evangelio es una bendición adicional realizada con la palabra; es un sacramental, para el beneficio de la congregación. ¿Qué mejor resumen de la doctrina católica de la Santa Misa puede haber que estas palabras finales, honradas con una genuflexión? En la elevación de la Hostia, los creyentes hemos presenciado la Encarnación del Verbo; hemos visto su gloria, sacrificado y transfigurado, indefenso y santo. Si sentimos la necesidad de apegarnos a este monumental texto, no debemos tratarlo como un apéndice rápido y dicho en voz baja. Como ya he sugerido: sólo si, con serena concentración, ponemos el último evangelio en el centro mismo, aseguraremos su ubicación esencial en la liturgia.

            Las rúbricas del misal de 1962 todavía estipulan que los monaguillos deben besar reverentemente cada objeto que entregan al sacerdote, para luego besar igualmente sus manos. No se me ocurre una mejor forma de pensar en “las santas y venerables manos” de Jesús –como lo pone el canon- que este beso reverente de las manos del sacerdote. Tiene lugar en el preciso momento en que el sacerdote actúa con sus gestos lo que está diciendo en palabras, expresando así el hecho de que ahora está actuando in persona Christi. En Alemania este beso de manos es raramente visto, incluso en círculos tradicionales. La gente me dice que esta costumbre ha muerto hace mucho tiempo. En cuanto a mí, yo no sabía lo que era la costumbre. Durante veinticinco años “la costumbre” ha sido esto, aquello y todo, y mi memoria de lo que ocurrió antes está llena de lagunas. Tomé el misal como si lo hubiera encontrado en una playa desierta. Lo abrí y me introduje en su rica y ordenada vida, llena de sentido. Aquí está el estándar. Comparado con éste, las costumbres regionales, con sus razones propias –sin duda serias y venerables- hace mucho tiempo han caído en las sombras.

            Entrando en el espacio sagrado de la liturgia, cada interrupción me hace sufrir;  sufro cuando las vestiduras de la liturgia son rasgadas (por decirlo metafóricamente). Una de esas rasgaduras es el sermón. Déjenme recordar a los lectores lo que los fieles han experimentado antes del sermón. Al principio viene la procesión de entrada. El sacerdote, acompañado del incienso y velas que preanuncian la presencia de Cristo Rey, se ha aproximado al altar como un segundo Cristo, como Cristo entrando en la ciudad de Jerusalén. Allí, inclinándose profundamente, ha confesado sus pecados e invocado las jerarquías de los ángeles y santos, así como a la asamblea de los fieles, para que recen por él, y ha impartido a los fieles penitentes el sacramental “Indulgentiam, absolutionem”. Ha incensado el altar, como el cuerpo muerto de Cristo fue tratado con especias, mostrando así que el altar es Cristo. Ha cantado el Gloria, el himno recordando la presencia de los ángeles que rodean al Señor aquí presente. Las lecturas de la Santas Escrituras han sido cantadas con gran solemnidad; Cristo, hablando en ellas, ha sido otra vez honrado con una procesión, con incienso y velas. A esta altura el creyente está profundamente en otro mundo. Ha entendido que toda extravagancia y espontaneidad deben permanecer en silencio cuando se trata de hacer visible lo que es objetivamente “completamente otro”. Ve que el celebrante ha rendido su personalidad para tomar un rol muchísimo más grande, y más que un rol: ha tomado una encarnación objetiva. El rostro del sacerdote apenas si es visto, ya que cuando gira y enfrenta a los fieles con su saludo “Dominus vobiscum”, mantiene la cabeza ligeramente inclinada. Es el Crucificado, elevándose sobre el altar, el que mira a las personas orando; Él es el que está actuando, mientras sus sufrimientos son recordados, en las fórmulas auténticas de la tradición, a la mente de los participantes.

            Luego viene la ruptura: el celebrante se aparta de toda la secuencia, vuelve a su propia personalidad; es otra vez el padre Mengano y Sutano. Primero lee las noticias de la semana. “El lunes,fiesta del Santo X, Santa Misa a las 7 am; Reunión de mujeres por la tarde con exposición de diapositivas de las iglesias barrocas de Alta Suabia, serán bienvenidas las contribuciones para los refrescos”. Luego se santigua y comienza a dar una explicación de la Escritura. Sé tan bien como cualquiera que en el tiempo de Jesús esto solía tener lugar en la Sinagoga, luego de las lecturas; y que en la Iglesia temprana solía tener lugar también en este punto. Así que, a pesar de todo, evidentemente los dos mundos –el solemne y sacro y el prosaico- eran todavía una sola pieza; encajaban entre sí, y cada uno operaba con cierta libertad.  Podemos ver, por ejemplo, como, en canto gregoriano, la prosa de la Biblia, el discurso teológico de San Pablo, puede convertirse en canción. En la era fundante de nuestra fe los diferentes géneros formales no eran distinguidos estrictamente. Ahora, sin embargo, una gran cantidad de tiempo ha transcurrido. Ahora, cuando empieza el sermón, siento que el mundo supra temporal al que acababa de entrar se ha desvanecido súbitamente. Sobrio, me encuentro a mí mismo en mi propia, pragmática y presente realidad, con toda su debilidad y falta de entusiasmo. No hay una solución estética a este problema. ¿Cuál inflige mayor daño a la unidad de la liturgia: el sermón untuoso o el temerario, el sermón intelectual o el del fuego del infierno, el del arte fino o el de pico y pala, el acalorado o el insípido? Todo el mundo está familiarizado con la teoría del teatro épico de Bertol Brecht, una forma de arte que –gracias a Dios- hace mucho ha desaparecido, sofocada en su propio polvo. Brecht quería promover una “ilustración” racionalista; se suponía que sus obras no debían poner a la ilusión en el escenario, en vez de eso, quería enseñar a la audiencia por medio de parábolas transparentes. Los actores tenían que recordar constantemente a la audiencia que ellos (los actores) no eran los roles que estaban representando. Brecht estaba muy bien familiarizado con nuestra antigua cultura occidental. Me pregunto si al desarrollar su teatro épico no tenía en mente el sermón de la misa. No me fui por las ramas. El efecto es el mismo: aquí el sacerdote sacrificante, también, es puesto nuevamente en el contexto de la modernidad psicológica; el hecho de que está “representando un rol” –por usar el lenguaje de las tablas- se hace claro. Ese sería el caso si la Santa Misa fuera una representación teatral; ¡pero todo lo contrario es cierto! A través de los ritos de la Santa Misa, de hecho, dejamos el ámbito de las ilusiones atrás y entramos en el ámbito de la realidad. No es una cuestión de interrupciones en el curso de la Santa misa despejándonos de las ilusiones, de hecho, somos arrojados al mundo de las ilusiones al final de la Misa. Del mismo modo vale la pena mencionar que en la Iglesia Ortodoxa no hay lugar para el sermón durante la liturgia: el sermón sigue a la misa, después de que el sacerdote se ha quitado las sagradas vestiduras. Todavía puedo ver a un amigo mío ruso, al que llevé a una misa de rito clásico, meneando su cabeza decepcionado cuando los “avisos parroquiales” eran leídos, algo que es, para las sensibilidades litúrgicas ortodoxas, por decir lo menos, completamente impensable. Debo dejarlo bien claro: No estoy sugiriendo que esta antigua costumbre de predicar después del evangelio en misa deba ser cambiada; pero sí creo que es importante darse cuenta que aquí hay un problema, un “problema” en el sentido de que no hay una solución obvia a mano.

            Hay otras dos interrupciones del flujo litúrgico, aunque menos abruptas que la inserción del sermón, a saber, la costumbre del celebrante de abandonar el altar y sentarse a un costado mientras el coro y la gente cantan el Gloria y el Credo. No he encontrado ninguna directiva sobre esto en las rúbricas del Misal. Yéndose del altar de esta manera, el sacerdote provoca que la ceremonia se suspenda, por así decirlo. Es bastante atípico y otra vez, manifiesta la “doble vía” a la que nos hemos referido. El sacerdote ha leído las oraciones apropiadas rápida y silenciosamente de la sacra del altar: todo lo que era requerido ha tenido lugar, pero la congregación tiene todavía que ponerse a la par; continúa cantando lentamente y arrastrándose, y el sacerdote tiene que esperar hasta que este obstáculo sea finalmente removido y pueda proseguir. Más todavía, es la tarea del sacerdote la de poner las oraciones de la congregación sobre el altar, como lo hace el Arcángel San Miguel en el Apocalipsis de San Juan: si la congregación profesa su fe y así manifiesta su reclamo y el derecho a participar en los misterios que siguen, el sacerdote debe recibir esta profesión; no debería rezar su propia oración y luego hacerse a un costado. Así como nosotros deberíamos hacer nuestras peticiones “a través de Cristo”, la oración litúrgica es siempre llevada a cabo a través del sacerdote, como queda bellamente claro en los responsorios de las oraciones mayores. Tomen, por ejemplo, la forma en que el Gloria y el Credo son cantadas antifonalmente: ¿No les recuerda la forma en que un adulto, un padre o una madre, enseña un poema a un niño? Una frase es recitada, y el niño inmediatamente  recuerda el resto y puede decirlo. Así es como me gustaría ser guiado a través del Credo: como un niño siendo enseñado por su padre, el sacerdote.

            Si estoy en lo cierto, no hay objeciones en las rúbricas a que el Gloria y el Credo sean rezadas en común de esta forma. Por lo que me animo a esperar que lo que estoy sugiriendo está dentro del ámbito de lo permitido. Lo que me gustaría evitar a toda cosa es que esto se convierta en algo parecido al trabajo sobrecargado de alguno de los innumerables comités litúrgicos. No se trata de “darle forma” a la liturgia, como dice la gente hoy día. El milagro es que la liturgia ya está ahí, completamente formada, en las rúbricas y textos de la misa; todo lo que necesitamos es remover las pocas cosas que la velan, para revelar una forma que tiene toda la integridad de una escultura.

            Siempre desde la Reforma grandes guías místicos de almas nos han urgido repetidamente para que santifiquemos nuestras vidas diarias. Es un objetivo sublime. Sin duda, el tipo de vida de los monjes es el mejor dispuesto para aproximarse a ese fin. Aunque tengo el mayor respeto por este movimiento espiritual en particular, debo señalar que la lucha por este objetivo sólo puede ser el segundo paso en la vida religiosa de alguien. El primer paso es ver lo sacro y conservarlo sacro, reservando un tiempo y lugar, en nuestras vidas diarias, para lo sacro; el primer paso es separar lo sacro de lo profano. Como lo dice el tercer mandamiento: Recuerda mantener santo el día del sábado. En la gran antigua liturgia observamos este mandamiento cuando, el domingo, el día de la Resurrección, celebramos el sacrificio que Cristo nos ha dado; lo que celebramos no es algo diario y ordinario, no el producto de la voluntad humana, sino el milagro revelado de la santidad de Dios, una imagen de nuestra redención, que nos es dada desde arriba a través las manos de la Iglesia, de la misma manera en que recibimos la Santa Comunión.

            He hablado ya de las sonrisas condescendientes con la cual muchos clérigos modernos recibirían lo que he dicho aquí. Hoy día parecería que hubiera dos tipos diferentes de seres humanos en la Iglesia; que ya no pueden comunicarse entre ellos, y no podrían incluso si hubiera buena voluntad de ambas partes; depende también de un lenguaje común. Hemos perdido este lenguaje común: por un lado, tenemos una mujer que quiere rezar el rosario, y, por el otro, tenemos un sacerdote que le aconseja hacer “algo sensible” en vez. Los dos ya no son capaces de tener una conversación, y esto no es sólo resultado del pecado humano, es también la expresión de un desarrollo cultural en occidente que ha producido el moderno, no religioso, racionalista, metafísicamente ciego ser humano. Sociólogos de la religión han dedicado su atención a este fenómeno. Ellos tienen un nombre para la clase de hombre que cree que puede establecer una conexión entre el macrocosmos y el microcosmos por medio de actos sagrados, que miran las formas materiales como un espejo de trascendencia, y viven en la presencia de Dios (o los dioses): un hombre así es un homo religiosus. En este sentido prácticamente toda la gente era homines religiosi hasta el siglo XVIII. Sabemos que esta imagen ha cambiado en occidente, y somos conscientes de mucha gente (incluso cristianos) que ya no son más “gente religiosa” en este sentido. ¿Nos las arreglamos para dormir a través de un cambio en la Weltgeis? ¿Somos dinosaurios en las últimas etapas de extinción? Debo ser cauteloso en no hacer ninguna predicción aquí. Ni tampoco importa. El homo religiosus no puede saltarse fuera de su propia piel; no le importa que lo cataloguen con las masas de Africa, Asia y Latinoamérica, ni que sea considerado un atrasado en el contexto de una sociedad industrial y progresista. A la edad de cien años, Ernst Jünger nos recordaba que, medida contra la duración de la historia humana, el mundo intelectual de Voltaire duró apenas más de un segundo. El Homo religiosus estima el tiempo de una manera completamente diferente.



           

           
             





[1] Un alojamiento para jóvenes trabajadores católicos