lunes, 29 de agosto de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach

"Pareciera que Mosebach no habla de liturgia, sino que queriendo hablar de liturgia constantemente se desvía, se va por las ramas y nos trae el evangelio de una manera intensamente viva. Lo pone a Cristo frente a nosotros hoy, encarnado, muerto y resucitado, que es lo que, precisamente, hace la liturgia. Así que, finalmente sí,  Mosebach habla de liturgia, porque la liturgia es el evangelio vivo, palpitante, actuante y eterno."




8. Estación: Antes de Entrar a la Catedral



Para el hombre moderno, la genealogía de Jesús de los primeros dieciséis versos del Evangalio de San Mateo es, a lo más, una concatenación absurda de sonidos. La sucesión de nombres del Antiguo Testamento, en versiones latinas o cuasi griegas,  recuerda a un conjuro o hechizo; es a la vez grotesco y cómico. Es como si una multitud de enanos, con extrañas barbas a lo Van Dyke y capas puntiagudas, fueran apilados juntos unidos por sus órganos generativos para formar un edificio humano, una torre artística de humanidad. Encontramos a estos venerables patriarcas, parado cada uno sobre la cabeza del otro, esculpidos en los arcos ojivales de entrada de las catedrales góticas. En las paredes vemos a Jesse, vistiendo pantalones turcos, durmiendo en una loma cubierta de hierba, mientras que desde sus lomos se desprende una enredadera de follaje retorcido que revela los rostros de pequeños y ansiosos ancianos que miran hacia fuera; todos ellos están conectados entre sí, y las etiquetas en forma de cinta anuncian sus nombres extraños. David y Salomón, Jacob y José son los únicos personajes conocidos, entre otros, como Farés y Aminadab, Roboam y Asa, Josafat y Jotam, Ezequías, Jeconías, Salatiel y Zorobabel.

La Genealogía de Jesús es el Envagelio de la Fiesta de la Natividad de María, el 08 de septiembre; también se lee el 16 de agosto, Fiesta de San Joaquín, el padre de María, que no es mencionado para nada en la genealogía. Ambas fiestas se dan en una época calurosa. Luego el diácono canta esta genealogía, vestido con su dalmática bordada en oro y rodeado de servidores que llevan velas e incensarios, sudando profusamente en la tela de lino blanco que envuelve su cuello. “Abraham autem genuit Isaac, Isaac autem genuit Jacob, Jacob autem genuit Judam et fratres eius. . . .” Y así sigue y sigue: catorce generaciones desde Abrahán a David, otras catorce generaciones desde David hasta el cautiverio en Babilonia, y finalmente otras catorce generaciones, desde Babilonia hasta el nacimiento de Jesucristo.

¿Es esto realmente una pieza importante del mensaje cristiano? ¿Es esta genealogía con sus tres grupos de catorce –claramente  estilizados-  algo más que un ritual arcaico? El árbol de la familia de Jesús (abreviado a tres reyes con el fin de preservar el ritmo de los tres grupos) es presentado aquí por Mateo de tal manera que se repite enfáticamente el nombre de David:  el catorce representa el valor numérico de las tres consonantes hebreas que enmarcan el nombre de David. Jesucristo es el "Hijo de David"; el árbol genealógico está destinado a probar esto. Él es aquel de quien Isaías pronunció esta extraña advertencia: "¡Oíd, pues, casa de David! ¿acaso os es poca cosa molestar a los hombres, que molestáis también a mi Dios? Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y  le pondrá por nombre Emanuel".

Por miles de años se aceptó que la descendencia, el pedigree, daba pruebas de elección, de legitimidad, sustentando la reclamación del señorío; todas las relaciones jurídicas, públicas y privadas, eran vistas en el contexto de la descendencia. Esto es algo que las naciones occidentales y aquellas por ella marcadas han olvidado por completo. La solemnidad que alguna vez –incluso al comienzo de nuestro siglo- rodeaba a “la familia de sangre real” es ahora aplicada al “parlamento electo” o al “presidente electo”. Aun así el árbol familiar de David fue seguido hasta el pasado reciente. El emperador de Etiopía Haile Selassie porta el título “Rey de Sión” y “León de Judá”; por tres mil años un rumor corrió entre su familia que atribuía sus orígenes al Rey Salomón y a la Reina de Saba, casi o tan cierto como que un príncipe Massimo dijo orgullosamente a Napoleón que descendía de Quinto Fabio Máximo Cunctactor. Hasta la caída del emperador Haile Selassie en 1974, su geneaología solía ser cantada por los cantores eclesiásticos; estaba dividida en secciones, cada una conteniendo siete generaciones, y todos los niños etíopes de la “casa de David” acostumbraban a aprender de memoria las últimas siete generaciones de su árbol familiar, de manera de poder recitarlas en las ocasiones solemnes. Tal como encontramos en Mateo, sólo los padres y los hijos son nombrados; y, como en Mateo, nombres femeninos aparecen de tanto en tanto en las largas series, cuando algo importante es asociado con estas madres particulares.

El lector desprevenido queda bastante desconcertado cuando llega al final de la genealogía de Jesús. Su objetivo es demostrar la ascendencia de Jesús desde el rey David de una manera objetiva y mediante el uso de números simbólicos. Treinta y nueve veces leemos "genuit" (engendró), ya que el autor de la genealogía no tiene miedo de parecer monótono cuando se trata de un caso de precisión. De repente, sin embargo, cuando tiene que sacar su conclusión de esta larga serie de generaciones, se omite la palabra "engendró": "Jacob engendró a José, el esposo de María", y continúa, "de la cual nació Jesús, que es llamado el Cristo". Según Mateo, por lo tanto, José no engendró a Jesús. Una gran genealogía se ha puesto delante de nosotros para mostrar que no muestra la ascendencia de Jesús. ¿Significa esto que el emperador Haile Selassie tenía más pretensión de ser un "hijo de David" que Jesús?

Los primeros cristianos reconocían abiertamente la dificultad presentada por este pasaje de las Escrituras. San Justino, del siglo segundo, afirmaba que también María provenía de la casa de David. El Protoevangelio de Santiago, también un texto muy antiguo, confirma la ascendencia de María, y toda la entera tradición cristiana adoptó esta visión. El arte cristiano, también, a menudo ve a María como la “hija de David”. En muchas ilustraciones del árbol de Jesé, María viene al final de la secuencia de generaciones, y el problemático José ha desaparecido completamente. La Iglesia nunca ha rechazado tradiciones porque simplemente no hayan podido ser justificadas. Siempre ha dejado las cosas en su lugar, consciente de que, en última instancia, los evangelios canónicos son en sí mismos frutos de la tradición. De acuerdo a la costumbre judía, se dice, era preferible casarse con parientes cercanos. María era la prima de José. Esto da sentido a la enigmática conclusión de la genealogía de Jesús. Luego leemos otra vez en Mateo 1:16 “ José el esposo de María, de la cual nació Jesús” y una duda surge en este punto: ¿no es la explicación dada por la tradición simplemente demasiado perfecta, demasiado suave, demasiado tranquilizadora?.

En un árbol genealógico que sigue la línea masculina, cada desviación de la regla debe ser muy significante. Este es particularmente el caso en el que, al igual que en la genealogía de Jesús, parece conducir a María, sin embargo, no es del todo convincente en su montaje. No obstante, las otras mujeres en la genealogía de Jesús también son desconcertantes. ¿Por qué son lo suficientemente importantes como para romper el principio patriarcal? Los exégetas piadosos las encuentran embarazosas. No todas ellas eran caracteres ejemplares, tampoco; pero todas ellas eran altamente peculiares.

Primero llegamos  a Tamara, la mujer cananita. Se convierte en la nuera de Judá, uno de los doce hijos del patriarca Jacob. Antes de que quedara embarazada, Yhavé mata a su marido, que “era malo a los ojos del Señor”. El libro del Deuteronomio da la solución del “levirato” a esta viudez sin hijos: un hermano del fallecido debe casarse con la viuda; si tiene un hijo con ella, este niño es considerado como descendiente y heredero del muerto, de manera que “su nombre no sea borrado de Israel”. En el caso de Tamara, su cuñado se llamaba Onán. Por orden de su padre se casó con Tamara. “Pero sabiendo Onán que la descendencia no sería suya; cuando se llegaba a la mujer de su hermano vertía el semen en el suelo, por no darle descendencia”

Dios castiga este acto con la muerte, y Tamara queda otra vez viuda. El último hijo de Judá, Selá, es todavía muy joven para el deber del levirato, pero el padre también parece haber temido que una maldición se apoyara en todo matrimonio con Tamara, y trató de encontrar una manera de evitar este tercer matrimonio. Entonces Tamara se quitó los vestidos de viuda, se vistió como una prostituta y se paró en el camino, evidentemente segura de que Judá jamás se perdería una oportunidad como esa. Y ciertamente, por esta estratagema, ella obtiene mellizos de su suegro. Judá tuvo que admitir, “Ella es más justa que yo, en tanto no le he dado a mi hijo Selá”.

No obstante, Tamara, con su hijo Farés a quien tuvo con su suegro, devino en ancestro del Rey David. Seis generaciones más tarde nos encontramos con Rahab, ya no una aparente prostituta, sino una prostituta real, de la ciudad de Jericó. Su entrada en la casa de David es descripta en el libro de Josué, quien envía dos espías a la ciudad enemiga de Jericó. Los dos hombres se escondieron bajo tallos de lino dispuestos en el terrado de la casa de Rahab, que estaba contra la muralla de la ciudad. Rahab estaba convencida del poder omnipotente del Señor: “El Señor tu Dios es el que es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra”. Ella baja a los espías de la muralla en una canasta y les muestra la vía de escape. A cambio los espían le juran que ella y toda su familia serían salvas cuando Jericó fuera asaltada; un cordón escarlata identificará su casa.

Cuando, finalmente, las murallas de Jericó colapsan al son de las trompetas y los gritos del ejército judío, Josué recuerda el juramento hecho por los espías. Rahab y su familia son salvas; “ella habitó en Israel hasta el día de hoy”. No sabemos si Salmón, que engendró a Booz de Rahab, era uno de los espías o la conoció un tiempo después. El texto no lo dice. Dada su vida previa, ciertamente ella no se convirtió en su mujer. Sin embargo, la fama de Rahab no radicaba simplemente en ser un antepasado de David. San Pablo, en su carta a los Hebreos, la presenta como un gran ejemplo de fe: “Por la fe, Rahab, la ramera, no pereció con los incrédulos, por haber acogido en paz a los espías”. Los Padres de la Iglesia siempre han visto a Rahab como un símbolo de la Iglesia, desde que por la fe y el amor ella preserva a su familia de la aniquilación; esto muestra con que empeño tomaron el desafío de seguir y rastrear la historia de la salvación en cada detalle del Antiguo Testamento.

Rut aparece como un ejemplo de mansedumbre y humildad puras. Es una moabita, la viuda del judío Mahalón; su suegra, Noemí, que estuvo casada con Elimelec, es también una viuda. Ambas, ahora viudas miserables y abandonadas, se han convertido en mendigas. Rut juntaba el grano de los campos de un rico familiar de su marido. Su nombre es Booz; quien descubre la hermosa y recatada espigadora de grano y le muestra su favor. En consonancia, Rut se siente animada a lavarse, ungirse de óleos y perfumes, vestir sus mejores vestidos y literalmente  se dirige a acostarse en la cama de Booz. Todo esto es perfectamente honorable de la manera en que toma lugar, ya que ella le está pidiendo a Booz, dado que era pariente de su marido, que ejerza el deber de levirato. Así que Booz proclama a las puertas de Betlehem: “Vosotros sois hoy testigos de que yo he adquirido de mano de Noemí todo lo que era de Elimelec, y todo lo que era de Quelión y de Mahalón, y que he adquirido también a Rut la moabita, mujer de Mahalón, para que sea mi mujer, a fin de resucitar el nombre del difunto sobre su herencia, y para que el nombre del difunto no se borre de entre sus hermanos”. Así Rut se convierte en la madre de Obed, el que se convertiría en el padre de Isaí y abuelo de David.

La cuarta mujer en el árbol familiar de Jesús es Betsabé, casada con Urías, el capitan hitita. La historia de cómo una tarde, el Rey David se levanta de su cama, sale a pasear a la terraza y espía a Betsabé tomando un baño en un terrado vecino, ha provisto de un rico material a los artistas, “porque la mujer era muy hermosa”. Tanto más infame fue la manera en que fue despachado Urías. En una carta que se ha convertido en legendaria, David ordena un ataque fatal, y el marido inconveniente es enterrado bajo una gran pila de cadáveres: la vida de tantos pretendía encubrir el asesinato de Urías, que claramente sospechaba lo que estaba sucediendo. Este evento es seguido por el arrepentimiento y la desesperación de David, una oración que es escuchada por Dios, y Betsabé se convierte en la madre del Rey Salomón, el fabuloso constructor del templo, el más grande rey judío.

La adúltera, la prostituta y las dos viudas aspirantes fueron seleccionadas por el evangelista Mateo como ejemplos de mujeres excepcionales en el árbol genealógico puramente masculino del Redentor. Más de un predicador ha encontrado una explicación edificante para esta selección un tanto inquietante. Algunos dicen que el evangelista quiso hacer hincapié en que los antepasados de Jesús eran personas débiles y culpables; otros sugieren que muestra que Jesús, que se veía a sí mismo como el “curador de los enfermos”, no tenía miedo de estar cerca de aquellos cargados de pecado; otros, de nuevo, apuntan al hecho de que la encarnación del Hijo de Dios tuvo lugar en el establo de Belén en una familia que estaba involucrada con el pecado de varias maneras. La idea suena plausible; tiene un sabor cristiano sentimental y bonito. ¿Pero encaja con la atmósfera del evangelio de Mateo y sus aristas lacónicas? Las manchas en la casa de David eran dolorosamente obvias para el autor judío del evangelio. Lo que hizo a esta familia especial no fueron sus pecados sino la promesa que le fue hecha desde los tiempos de Abrahán, una promesa que fue clarificada y renovada por los profetas. Jesús había de ser el cumplimiento de esa promesa, ¿pero cómo podría suceder esto si no fuera el “Hijo de David”?

¿Por qué razón Mateo ajusta su genealogía para que encaje con una numerología mágica, omite  la mención de tres reyes, y cuenta a Jeconías dos veces, en orden a llegar por tres veces al valor numérico del nombre de David? ¿Y por qué hace está elección tan asombrosa de mujeres? ¿No nos vemos compelidos absolutamente, por razones literarias, a ver a estas mujeres en conexión con María, la última y más desconocida de las mujeres, contemporánea de Mateo, que deliberadamente la introduce en el contexto de estas mujeres históricamente famosas?

Lo primero que tienen en común estas cuatro mujeres de la genealogía es que no son judías. Tamara y Rahab provienen de gentes –Cananitas y ciudadanos de la aniquilada ciudad de Jericó- tenidas por particularmente malvadas, incluso malditas. Inicialmente, sin embargo, esta característica común no nos acerca en nada en relación a María. Si la intención era demostrar que María, también, era una extranjera y una extraña, ello no resuelve el enigma de la ascendencia de Jesús de la casa de David. Ser un extranjero, proveniente de una tribu despreciada, aceptada graciosamente en la nación marcada por la promesa divina, nada de esto parece significar mucho para María que era judía y posiblemente descendiente de David.  

No obstante, las cuatro mujeres tienen algo más en común, algo que quizás ya se la haya ocurrido al lector: las cuatro quedaron embarazadas de alguien que no era su marido. Betsabé, madre de Salomón, era la “mujer de Urías”, y aparece en la genealogía con ese título, no en su propio nombre.  Este es el punto más importante. Rahab es una prostituta, su condición es resaltada tanto en el Antiguo Testamento como en San Pablo. En contraste, Tamara y Rut usan planes y presiones para conseguir que sus parientes mayores les den hijos –lo que era enteramente legal- de sus esposos muertos. Así  que si ha de compararse a María con las cuatro mujeres, es porque ella también, no obtuvo un hijo de su marido. Todos los descendientes de las cuatro mujeres, los ilegítimos y aquellos legitimados por el levirato, se convirtieron en “hijos de Abrahán” y miembros de la Casa de David. Hombres poderosos ocuparon el lugar de los maridos y y engendraron y criaron la descendencia en su nombre: el patriarca Judá, el victorioso Salmón, Booz el rico y finalmente, el mismo rey David.  Alguien más grande que José, en lugar de José, engendró al hijo de María. En comparación con este “Alguien más grande que José”, María era de una generación rechazada y maldita, no de un pueblo particular, sino de toda la raza humana, cargada de culpa. Por naturaleza, por tanto,  Jesús es el Hijo de Él que lo engendró, pero de acuerdo a la ley del levirato santo es hijo de José, que a su vez es hijo y heredero de David”.

María, la nueva Rahab, rescata a su pueblo por la fe en el poder omnipotente de Dios. Como una nueva Tamara, impide el colapso y extinción de su pueblo. Rut dijo a Booz: "Tú has tenido compasión de mí, mi señor, porque me has consolado y has hablado al corazón de tu sierva", y María, la nueva Rut, dice en el Evangelio de San Lucas: "Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava ". Como una nueva Betsabé, María trae al mundo al nuevo Salomón, quien, como el viejo Salomón, es un juez, pero el Juez del Mundo.

Si tuviéramos que imaginar las cuatro mujeres de la genealogía como estatuas románica o góticas, en verdad que deberían llevar llaves en sus cinturas, porque son ellas las que desbloquean el árbol genealógico que puede parecer una pieza de ceremonial osificado. Lo que en principio parece ser un registro genealógico que exhibe la clase de contradicciones que desafían la paciencia, se cambia en un mensaje vivo. Cualquiera que siga leyendo y llegue a las dudas de José cuando se entera del embarazo de María, sabe ya de antemano lo que José necesitar oír de la boca del ángel. En esta su manera indirecta, la genealogía de Jesús de Mateo es el texto más completo sobre María que se encuentra en los Evangelios. Mediante el uso del arcaico método de un catálogo de generaciones, Mateo está expresando algo completamente nuevo, y al hacerlo no utiliza ni la doctrina teológica ni la filosofía.

“En el principio era el Verbo”. Así comienza el evangelio de San Juan. El comienzo de Mateo consiste en una cadena de seres humanos que desaparece en la oscuridad del pasado. Pero algo invisible estaba obrando en esta larga cadena humana, dando sentido a la secuencia meramente biológica, impartiéndole un impulso hacia delante. Sólo podemos conocer esta realidad invisible y su efecto si lo leemos en los rostros de los seres humanos. La historia, con sus abstracciones, se encarna en formas. Estas formas nos proporcionan paquetes de significados, que son dilucidados a su vez por otras formas. Le son presentados al lector, no una serie de declaraciones doctrinales, sino una secuencia de personas. Así Mateo abre su relato de la encarnación del Verbo con una secuencia de encarnaciones humanas.

lunes, 22 de agosto de 2016

La Herejía de lo Informe - M. Mosebach



"Pareciera que Mosebach no habla de liturgia, sino que queriendo hablar de liturgia constantemente se desvía, se va por las ramas y nos trae el evangelio de una manera intensamente viva. Lo pone a Cristo frente a nosotros hoy, encarnado, muerto y resucitado, que es lo que, precisamente, hace la liturgia. Así que, finalmente sí,  Mosebach habla de liturgia, porque la liturgia es el evangelio vivo, palpitante, actuante y eterno."

 


7. Arrodillarse, De Pie y Caminar

Un Entendimiento Correcto de la “Participación Activa”


I

Antes de reforma litúrgica los católicos eran conocidos por el hecho de que se arrodillaban para rezar; era algo que impresionaba a los de afuera. Desde aquel tiempo, sin embargo, los reclinatorios han sido removidos de muchas iglesias, y muchas iglesias nuevas son a menudo construidas sin reclinatorio alguno. Los comulgatorios donde la gente acostumbraba a arrodillarse para recibir la santa comunión, han desaparecido casi por completo. Se supone que ahora arrodillarse es un signo de devoción privada; uno oye que se dice que la primitiva iglesia siempre estaba de pie durante la liturgia. Se supone que estar de pie es signo de la resurrección y, por tanto, la única actitud apropiada para aquellos que asisten al culto católico.

El debate sobre la postura correcta durante la liturgia es particularmente difícil porque los argumentos sobre la historia de la Iglesia y la arqueología son casi siempre utilizados por razones políticas y tácticas. Hoy día, en muchos casos, aquellos que dicen que los fieles deben rezar de pie son aquellos que quieren acabar con la adoración del Cristo eucarístico. Puede ser cierto que, en tiempos antiguos, rezar de pie expresase reverencia y solemnidad y que, el adorador, estando de pie, tuviera la sensación de estar destinado a la resurrección y a proclamar al Cristo resucitado;  esto puede ser una información interesante, pero no produce la misma conciencia en nosotros. Para nosotros, estar de pie ha perdido todo significado como un gesto específico.

Cuando era joven, católicos y protestantes solían juntarse en eventos familiares religiosos, como todavía sucede en muchas familias alemanas. Cuando se daba misa, las tías católicas se arrodillaban para la consagración, mientras que los tíos protestantes permanecían de pie. Lo que esto me decía era: “respetamos su devoción, pero no tiene nada que ver con nosotros”. Aquí, el estar de pie estaba decididamente en las antípodas con la solemnidad y la devoción; tenía una cualidad puramente civil, algo que tenía que ver con los “buenos modales”. Era sentido como algo dolorosamente incómodo. Ahora, sin embargo, el cristiano maduro sabe que no hay nada específicamente religioso en los “buenos modales”, así que la situación embarazosa de estar de pie fue sustituida por el estar cómodamente sentado.

Estar sentado es una invención genuina de parte de los innovadores litúrgicos: nadie se sentaba en la antigua Iglesia. Si uno entra a una basílica romana o a una iglesia bizantina verá inmediatamente que no hay asientos ni bancos en ellas (excepto en Roma, donde han sido introducidas posteriormente). Incluso los pisos, a menudo con ricas incrustaciones de piedras preciosas, muestran que no fueron hechos para ser cubiertos con sillas. En la iglesia bizantina aquéllos que son frágiles pueden apoyarse en pequeños marcos adheridos a la pared; en la iglesia copta les proveen de un bastón con forma de T para poner bajo sus brazos, pero aparte de estas ayudas, la gente se mantiene de pie durante toda la ceremonia, que dura varias horas. El estar de pie es interrumpido sólo por las muchas y profundas inclinaciones que hacen, tocando con una mano el suelo, y en la proskynesis, en la cual se arrodillan y tocan con la frente el suelo.

El arrodillarse en la liturgia cristiana tiene dos raíces que pueden ser rastreadas a una sola raíz común. La primera es el Nuevo Testamento, donde leemos: “Y cayendo de rodillas lo adoró”. Esta expresión no está restringida sólo al relato de la curación del ciego de San Juan: ocurre una y otra vez doquiera alguien cae en la cuenta de la divinidad de Jesús. Este arrodillarse del Nuevo Testamento es completamente anti litúrgico: ocurre cuando alguien está momentáneamente abrumado; es la respuesta a una graciosa epifanía. Uno tiene la impresión de que en el Nuevo Testamento la persona es arrojada sobre sus rodillas por un relámpago de intuición. En ese momento, de rodillas, ve más que los que están parados alrededor suyo, y no puede encontrar mejor respuesta en palabras que la palabra Credo. ¿Cómo este arrodillarse personal, involuntario –la obra de un momento- encuentra su camino dentro del marco de una liturgia supra personal y supra temporal?

A pesar de que los elementos esenciales de la liturgia pueden encontrarse en los primeros testimonios del período apostólico, la arquitectura interna de la liturgia sólo puede ser desplegada cuando una arquitectura externa ha sido creada para ella. Durante los primeros tres siglos la liturgia fue celebrada, no en edificios especialmente hechos para ella, sino en las famosas catacumbas y en casas privadas o lugares provisionales, expresando las vicisitudes de la vida de la Iglesia primitiva. Fue el emperador Constantino el Grande quien erigió las primeras iglesias, inmediatamente después de su victoria sobre Maxentius en el 313 AC, por ejemplo, la Basílica Lateranense, la Vieja San Pedro,  San Pablo Extramuros, la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén y la antecesora de la actual Santa Sofía en Constantinopla. “La gran arquitectura imperial proviene de los primeros comienzos de la construcción de iglesias cristianas”[1] Esta mirada al mundo de la historia del arte es particularmente significativa para una liturgia que está fusionada del modo más íntimo con la arquitectura eclesial.

Examinando las primeras representaciones cristianas de la Virgen y de los santos -en una tradición que se extiende hasta la Edad Media- uno a menudo nota las cortinas que son plegadas a un lado o bien forman una envoltura decorativa para la figura del retratado. Estas cortinas provienen del ceremonial de la corte bizantina de la era de Constantino. Incluso los predecesores de este emperador ya no siguieron el modelo del príncipe Augusto (en última instancia republicano) sino que adoptaron el estilo de gobierno y la autoconciencia de los grandes reyes orientales. El princeps se había convertido en el basileus.

La más importante de las ceremonias con la que el emperador se rodeaba a sí mismo era la “epifanía” imperial, en la que el emperador era manifestado a su corte con toda su gloria. El emperador y su familia, vestidos con finos atavíos y joyas, reunidos detrás de una cortina, mientras la corte aguardaba expectante en el hall del palacio. Cuando la cortina era abierta revelando al emperador, la corte caía de rodillas en proskynesis.

Hay claramente una fuerte asociación entre una escena como esta y la vista del tabernáculo abierto, su velo corrido a un lado, el copón expuesto, su velo removido, y la congregación de rodillas ante él en adoración orante. Tenemos aquí el germen del cual se desarrolla el gesto de arrodillarse en la liturgia.

Confrontado con esta explicación del origen de arrodillarse en misa –el culto del emperador en la antigüedad- el demócrata iluminista, por supuesto, se verá incluso más confirmado en su rechazo a arrodillarse. Ciertamente, se podría argumentar que la adopción del ceremonial de la epifanía había resultado en una liturgia rimbombante y pomposa, alienada de su verdadera naturaleza. Sin embargo, el caso es precisamente todo lo contrario: Constantino y los obispos de su época incorporaron esta ceremonia de la epifanía porque sabían que la liturgia toda es la epifanía de Cristo. La primera Iglesia celebraba la liturgia detrás de puertas estrictamente cerradas; en lugares secretos, bajo el peligro que representaba reunirse, y la iniciación de los participantes, todas estas cosas representaban el velo ocultando a Cristo, hasta que el momento eucarístico de su manifestación arribara. Una vez que la Iglesia, en sus basílicas, había dado un paso adelante ante la vista pública, la liturgia tuvo que encontrar señales más claras para llevar el misterio a los creyentes, y hacerlo gradualmente, hasta mostrarse en toda su plenitud: desde la epifanía del Verbo divino a la develación de los vasos sagrados y, por último, a la presencia corporal. El hombre que sigue el desenvolvimiento de este evento y vive su vida a la espera del momento de la manifestación de Cristo será capaz, si es muy afortunado, de caer de rodillas, abrumado por la visión de la fe, como una de las figuras del Nuevo Testamento.

Arrodillarse para rezar en donde no hay reclinatorios, como en las iglesias muy antiguas, o las muy nuevas,  puede hacer que uno esté en mejor posición aún para darse cuenta de lo que está haciendo. Hay bancos antiguos muy bellos en algunas iglesias, pero debe admitirse que tales muebles devocionales pueden sugerir una atmósfera inapropiada de confort. Aquí, en los amables y tapizados reclinatorios, arrodillarse –que debería ser un acto altamente significativo- se convierte casi en otra forma de tomar asiento. Y si la iglesia no tiene reclinatorios, eso no significa que uno no deba arrodillarse. Cuando el ciego se postró a los pies de Jesús, no había un reclinatorio a mano. Esto no es para justificar la remoción de los reclinatorios, lo que fue hecho para un propósito específico (para crear una nueva mentalidad), pero su ausencia nos podría inculcar una nueva espontaneidad en el acto de arrodillarnos ante el Verbo encarnado.

¿Cuándo debería uno arrodillarse en la misa? De lo anterior es claro que la genuflexión y el ponerse de rodillas acompañan los momentos de la epifanía divina dentro de la liturgia. El creyente se arrodilla cuando ingresa al lugar sagrado, la iglesia, como Moisés, que escuchó la voz de la Zarza ardiente diciéndole que se quitara el calzado porque estaba pisando un suelo sagrado. Hacemos la genuflexión en el Credo y en el último evangelio (El Prólogo del Evangelio de San Juan), rememorando la encarnación en la cual Dios se hace visible. Luego de pronunciar las palabras de la consagración, el sacerdote venera los dones sacrificiales mediante la genuflexión, y la gente se encuentra arrodillada. La congregación está arrodillada mientras el sacerdote les exhibe el Cuerpo del Señor, y la comunión es recibida de rodillas. Finalmente, la gente recibe la bendición del sacerdote de rodillas, expresando el hecho de que es una bendición del cielo, “de arriba”.

Estos son los eventos de la liturgia asociados con el ponerse de rodillas. Son momentos especiales de presencia divina. Todas las otras partes de la liturgia son celebradas de pie: la entrada del sacerdote, la plegaria ante el altar, el Kyrie, Gloria, la Colecta. La gente se sienta para la lectura. Se paran para el Alleluia, el Evangelio, el Credo, el Ofertorio, el Prefacio, el Sanctus; luego, después del cánon, se ponen de pie para el Padre Nuestro y el Agnus Dei. Después de recibir la comunión, se ponen de pie para la Postcomunión y, luego de la bendición del sacerdote, para el último evangelio. Aquellos que quieren unirse, paso por paso, a la celebración de la misa como un drama sagrado, expresando sus varias partes  en el apropiado lenguaje corporal, deberían respetar este orden de cosas. Que ha sido olvidado, como muchas otras reglas litúrgicas. Las costumbres de piedad popular han oscurecido el significado especial de arrodillarse –veneración de la epifanía divina- mediante la aniquilación de la distinción entre estar de pie y de rodillas: la gente se arrodilla durante muchas otras partes de la liturgia también. Se convirtió en una costumbre permanecer de rodillas durante todo el curso de la misa rezada. En muchos lugares (y por supuesto estoy hablando de la celebración de la misa de acuerdo al rito clásico romano) la congregación se arrodilla incluso durante el Confiteor del sacerdote y durante el ofertorio. Esto es litúrgicamente “incorrecto”. Si estamos tratando de inculcar una nueva dimensión espiritual en el viejo orden de la oración litúrgica, tal vez valga la pena recordar el significado especial y la expresividad del ponerse de rodillas y su función litúrgica real.

En caso de que pueda haber algún malentendido de mis observaciones sobre la postura apropiada a ser tomada durante las varias oraciones de la misa, me apresuro a decir que en la tradición de la Iglesia, la tan citada “participación activa” de los fieles en la celebración de la misa de manera alguna ha sido interpretada tan estrictamente como es habitual ahora. El creyente puede “participar activamente” en una variedad de formas. Puede seguir al sacerdote paso a paso a lo largo del camino real de los misterios, subordinando sus oraciones, como lo hace el sacerdote, a los gestos tradicionales, parándose, inclinándose, moviéndose de un lado a otro, y así. Pero puede también simplemente contemplar la obra de Cristo que está siendo llevada a cabo en la santa misa; y haciendo esto no tiene necesariamente que seguir cada una de las oraciones litúrgicas, sino que puede adorar en silencio y en soledad el milagro que está teniendo lugar ante sus ojos. Es una de las grandes paradojas de la santa misa que, con toda su estrictez litúrgica, facilita particularmente una oración que es radicalmente personal y contemplativa. Sí, es “incorrecto” permanecer arrodillado durante todo el curso de la misa, o durante el Gloria o el Ofertorio, pero nadie debería ser impedido de hacerlo. Este arrodillarse “privado” no significa que el individuo ha abandonado la comunidad y su camaradería (a la que la liturgia, de hecho, nos invita); esta es una de las fuentes abundantes que muestran la superioridad del rito clásico.

II

Lo que se ha dicho sobre arrodillarse durante la liturgia muestra que, en el ponerse de rodillas, los participantes están venerando la epifanía de Jesucristo, esto es, todos aquellos momentos en que la presencia encarnada es rememorada o son llenados con la mismísima presencia real. En todas las otras partes de la misa, de acuerdo a las más antiguas costumbres, la congregación está de pie. Este acto de estar de pie, prescripto explícitamente para toda una serie de oraciones (Gloria, Credo, Pater Noster, pero también para el Angelus, el Magnificat, y las Antífonas de Nuestra Señora), es para nosotros difícil de apreciar en nuestros días como un acto religioso. Estar de pie, como una formalidad, un acto consciente, es algo que ocurre muy rara vez en nuestras vidas, y las formas litúrgicas de reverencia dibujan su vitalidad desde su origen, al igual que las sustancias sagradas del pan y el vino lo hacen de su íntimo contacto con la vida cotidiana: los sacramentos son actos de encarnación, esto es, maneras siempre nuevas en las cuales el Creador entra al mundo que ha creado. La falta de forma en nuestro mundo ha destruido los incontables vínculos existentes entre la liturgia y nuestra vida cotidiana, o al menos, ha hecho que sean mucho más difíciles de ver.

La manera más informal de reunirse es durante la recepción posterior a la misa, o buffet, que es llevada a cabo de pie. A la distancia parece un grupo de gente que han estado tanto tiempo esperando el colectivo que se han puesto a hablar entre sí. No tiene nada de festivo. En los conciertos dados por músicos famosos, es todavía posible experimentar “ovaciones de pie”, en las que cada uno se para mientras el maestro retorna al escenario. Usualmente, sin embargo, la gente se para solamente porque no hay suficientes asientos. Ningún argumento de la arqueología puede negar que: probado que sea que el estar de pie haya sido la actitud central de adoración del cristianismo primitivo, ha perdido su significado en lo que a nosotros respecta, o por lo menos que el significado está lejos de ser obvio para nosotros. Por otra parte, en tanto nos volvemos viejos,  el estar parados por largo tiempo puede ser doloroso y entorpecer nuestra oración. La postura de meditación, sentados, practicada en las religiones asiáticas parecería ser de mayor utilidad a este respecto.

Para desarrollar imágenes convincentes de lo que se entiende por sagrado en el estar de pie, uno necesita mirar hacia atrás al primer período del arte cristiano. Para los cristianos, sin embargo, mirar hacia atrás nunca es una cuestión de hurgar en cofres viejos y polvorientos: es como si estuviéramos sepultados en una oscura cueva del tiempo y miráramos hacia la luz del sol radiante al final de un largo túnel. En los mosaicos dorados de las cúpulas de las iglesias bizantinas, el Pantokrator, el Cristo entronizado, está rodeado de figuras de ángeles y santos de pie. Están de pie en torno a Cristo como su guardia y su séquito. El vuelve, para reunirse con las huestes de los redimidos, portando armas (como lo hacen muchos ángeles) o libros que ponen en lenguaje el misterio que está sucediendo. Si la oración es entendida en sentido restrictivo de hablar con Dios, estas figuras no están orando. En este momento específico no pueden orar, porque la distinción entre ellos y Dios ha sido trascendida; estas figuras que están de pie en la presencia de Dios han sido transmutadas, transportadas al lado de Dios; se han convertido en los órganos de Dios, celebrando, exaltando y proclamando su aparición; ellos brillan como planetas que reciben su luz del sol.

La imagen siguiente no es una creación artística sino un cuadro histórico: las mujeres y el apóstol Juan parados bajo la cruz. Sin duda, ellos oraron mientras estaban allí, pero en este momento único, en la divisoria de aguas de la historia del mundo, había algo más importante para ellos que la oración: ojos y orejas estaban fijados en el Crucificado; no querían perder un solo movimiento de su Señor agonizante. Así es como las palabras del Cristo muriente han llegado hasta nosotros. El acto de estar de pie frente a la cruz era más que una mera espera; estando de pie allí, ganaban el tiempo que los discípulos habían perdido durmiendo en el Getsemaní. “Asistir” significa tanto estar presente como ayudar. Ahora, por supuesto, era muy tarde para ayudar. Pero había algo no enteramente pasivo sobre este mirar y esperar de los testigos. La actitud de aquéllos parados debajo de la cruz muestra que estaban unidos a Jesús mientras pasaba por los últimos momentos de su vida: ellos querían morir con Él. Ellos también habían sido transportados al lado de Dios.

Podemos ir incluso más atrás a medida que sondeamos la profundidad del significado del acto de estar de pie. Está la imagen de los hijos de Israel, antes del éxodo de Egipto, comiendo esa extraña comida de corderos recién matados y hierbas amargas, luego de haber pintado con sangre fresca los postes de las puertas de su casa. Hay algo inquietante acerca de estas personas de pie alrededor de las mesas, "ceñidos los lomos", listos para la marcha, tomando su comida sacrificial en silencio mientras, afuera, el ángel de la muerte mataba los primogénitos egipcios. Este estar de pie no era de hecho una oración tampoco; estaba asociada a la ocupación de desmembrar el animal. Aquellos que estaban de pie estaban cumpliendo un mandamiento divino que les ordenaba que estuvieran listos sin reservas. Mientras que un terrible destino, decretado por Dios, caía sobre los egipcios, los elegidos estaban dispuestos, tan pronto como se les diera la señal, para llevar a cabo la obra de Dios en la forma en que había especificado. Y no obstante lo extraña que pueda ser esta comida para nosotros, con su contexto de sacrificio y venganza; o más bien, no obstante lo remota para nosotros que se ha convertido como resultado de la enseñanza de Cristo, era tan significativa que los primeros cristianos, y Jesús mismo, veían la última cena en conexión con ella. Ahora era Cristo el Cordero sacrificado, y también la comida era comida de pie. No fue la Última Cena, cuando Cristo y los discípulos se sentaron a la mesa, sino que fue añadida a ella; más bien, los primeros cristianos hicieron justicia al carácter sacrificial de esta comida, vinculándola con los ritos del Éxodo.

Todos estos modos varios de estar de pie, y las disposiciones de la mente y el corazón asociadas con ellos, es lo que se quiere decir cuando la gente dice que el cristiano celebra al Cristo resucitado poniéndose de pie para rezar. Es más fácil, por supuesto, acomodar la postura corporal de uno que su estado mental. En nuestra época nos encontramos frente una verdadera inversión de los signos y sus significados. Mientras que los primeros cristianos, poniéndose de pie en la liturgia, expresaban el hecho de que estaban participando de una comida sacrificial, suele ocurrir que los adoradores contemporáneos se pongan de pie para expresar lo opuesto, que ellos no están participando en un sacrificio. Ponerse de rodillas habla en un lenguaje inequívoco; el estar de pie no. Hoy en día estar de pie es percibido como una muestra de menor reverencia que arrodillarse. Esto es algo que nos viene de la historia secular y sus trastornos. Tiene también algo que ver con la gran cantidad de bancos de misa a la que estamos acostumbrados en Alemania: una persona parada en uno de estos bancos luce más bien como un escolar que ha sido requerido por el profesor para responder a una pregunta. Los bancos son básicamente protestantes: están diseñados para facilitar la escucha de largos sermones. Cuando se construyan nuevas iglesias, la gente debería tal vez aprender del ejemplo de los países latinos (romance countries) con sus ligeras sillas de paja, que pueden ser convertidas en un reclinatorio de un sólo golpe. Probablemente tomará un gran esfuerzo volver a adquirir una comprensión de lo que significa realmente en liturgia estar de pie; las iglesias tendrán que construirse de un modo que facilite esta postura, y los fieles tendrán que tener en su corazón la imagen de los ángeles y los santos de pie alrededor de su Señor.

III

“¡Procedamus in pace!

Como el estar de pie o arrodillados, caminar también tiene un sentido litúrgico específico.  Hay una antigua conexión entre caminar y orar.  Incluso los judíos del Antiguo Testamento recordaban sus cuarenta años errantes en el desierto, en el que cargaban con el Arca de la Alianza, como una gran marcha penitencial de preparación. Cuando el Arca fue traída al Templo de Jerusalén, fue transportada en procesión, a cuya cabeza venía el Rey David, danzando. Los judíos del período posterior al exilio en Babilonia, haciendo su peregrinación desde tierras distantes al Monte Sión, veían su ascenso a la montaña sagrada como una procesión de oración, como muchos de los salmos lo atestiguan. Podemos también pensar en las grandes procesiones paganas, el Panahtenaea, que también conducía a una montaña sagrada, acompañada de la imagen de la diosa. El movimiento del alma hacia Dios puede ser expresado con especial claridad en la metáfora de caminar; para la persona devota puede incluso convertirse en visible: lo que de otra manera permanecería como un mero acto de la mente o un estado emocional se convierte en algo objetivo, por así decirlo, mientras caminamos.

En la liturgia romana la procesión tuvo originalmente el mismo significado que en los griegos, pero la tendencia en la liturgia occidental, con su creciente énfasis en la razón y el intelecto, fue restringir este elemento. Para los primeros cristianos, cada misa comenzaba con una procesión. Los modelos de procesiones paganas y judías fueron llenados de un nuevo sentido bajo las dos grandes procesiones del Nuevo Testamento, es decir, Cristo entrando en Jerusalén en el Domingo de Ramos y la Vía Dolorosa del Viernes Santo. Cada procesión, la gloriosa y la dolorosa, tenía a Cristo en su centro; la gente acompañaba a Cristo y haciéndolo profesaba su fe en su presencia divina-humana. Como todavía puede verse en el misal, la comunidad de Roma solía reunirse en una iglesia particular antes de cada misa y marchar en procesión desde allí hasta la iglesia en la que la liturgia iba a tener lugar. En los monasterios benedictinos franceses que han permanecido fieles al antiguo rito, cada domingo y días de precepto las misas comienzan con una procesión de esta clase a través del claustro. Hay himnos especiales para estas procesiones; pueden ser encontrados en el Processionale que es publicado por la Abadía de Solesmes. Una vez más vemos que los reformadores de la Misa, tan preocupados por su noción del cristianismo primitivo, estaban decididos sólo a empobrecer y restringir; en realidad estaban llevando a cabo un tardío puritanismo católico en lugar de basarse en la riqueza de las formas de adoración del primer milenio.

Aquellos que aprecian la tradición católica deberían prestar alguna atención a este Processionale. En muchos lugares no habría suficiente lugar para una procesión al comienzo de la misa, pero hay lugares donde podría ser posible. Caminar lentamente en procesión con el acompañamiento del canto gregoriano abre un mundo enteramente nuevo de espiritualidad. Los himnos gregorianos no están escritos en un tempo de marcha; la oración debe ser siempre un acto altamente personal si ha de tener algún significado, y el canto gregoriano tiene el poder de que no obliga; sino más bien de hecho impide que la gente camine llevando el paso y tenga pensamientos idénticos.

Cristo está presente en la procesión en la persona del sacerdote, rodeado de incienso y velas, que son sus emblemas litúrgicos, por así decir (análogos a los emblemas nacionales desplegados ante la presencia de un alto agente oficial del Estado). En la persona del sacerdote, Cristo entra en Jerusalén –representada por el edificio de la iglesia particular- para consumar el sacrificio del Gólgota. Mientras entra en la Iglesia es saludado por el salmo del Introito, que no es otra cosa que un canto procesional; debería acompañar la entrada del sacerdote, y sin embargo no es sino ante los escalones del altar que el sacerdote reza sus versos quedamente.  

La siguiente procesión en misa es la procesión del Evangelio. Es acompañada de los cantos procesionales del Gradual y el Alleluia. Esta procesión puede ser todavía vista en la Misa Cantada (High Mass), cuando el diácono va a leer el Evangelio. Pero incluso cuando el sacerdote lo lee en la misa rezada, la remoción del misal del lado de la epístola al lado del Evangelio debe ser visto como una procesión, acompañada por velas e incienso. Porque la lectura del Evangelio es mucho más que su “proclamación”: es una de las formas en las que Cristo se hace presente. La Iglesia siempre lo ha entendido como una bendición, un sacramental, produciendo la remisión de los pecados, como es afirmado en el “Per evangelica dicta deleantur nostra delicta” que recuerda el Misereatur después del Confiteor. El carácter sacramental del evangelio, remitiendo efectivamente los pecados, es con seguridad el argumento decisivo para ser leído en la lengua sagrada. Los signos litúrgicos en la procesión hacen particularmente claro este carácter.

En cuanto a la procesión del Ofertorio en el rito clásico, desafortunadamente solo quedan vestigios. Tristemente, esto ha resultado en que la significación del Ofertorio se haya visto cada vez más y más oscurecida.  Si queremos entender lo que realmente es el Ofertorio, debemos mirar a la Iglesia Bizantina. Allí el Diácono carga con los dones velados a través de la iglesia, rodeado de incienso y velas, mientras los fieles se inclinan profundamente o incluso se postran en el suelo. El desvelamiento de los dones es venerado como el terrible momento en el que Jesús es despojado de sus vestiduras. La Iglesia Oriental ve toda la liturgia –con su punto más alto en la Consagración- como una secuencia ininterrumpida de instancias en las que Cristo se hace presente. El argumento occidental es que no resulta apropiado venerar el pan, el cual, a pesar de estar destinado a la consagración, todavía no está consagrado; Para los ortodoxos esto sería equivalente a decir que Cristo no es digno de veneración hasta que ha sido sacrificado. Sin embargo, incluso en la liturgia romana el subdiácono trae los dones, velados, al altar, aun cuando lo traiga por la ruta más corta (desde la mesa auxiliar puesta a un costado) y no sea acompañado por velas e incienso. El salmo del Ofertorio indica que en un tiempo solía tener lugar una procesión en este punto. En muchas iglesias podría ser posible ubicar la mesa auxiliar a tal distancia del altar que el viaje del subdiácono entre las dos pueda sugerir otra vez una procesión. Cuando se construyan nuevas iglesias, los responsables deberían ser cuidadosos de no llenar los espacios con demasiados muebles: debe dejarse espacio para las procesiones.

La procesión final en la misa, aparte de la partida del sacerdote (que coincide con el momento de la bendición final, o de las muchas bendiciones impartidas mientras se va), es la procesión de la comunión. Uno sospecha que raramente sea experimentada como tal.  El salmo de la Comunión está destinado a acompañar a los fieles mientras van a recibir la Hostia –Cristo Presente- flanqueados por velas. Las rúbricas tridentinas ordenan al sacerdote decir el salmo de Comunión después de la comunión y de la ablución del cáliz, pero no es una violación del espíritu de estas rúbricas si el coro canta el salmo de la Comunión, según lo previsto, durante la Comunión de los fieles; de este modo el lento progreso de éstos últimos en la recepción de la Eucaristía adquiere la dignidad de una gran oración.

Si la liturgia es vista como una serie de procesiones, el malentendido de Pío X sobre la “participación activa” de los fieles en la liturgia se hace fácil de advertir. Uno difícilmente pueda imaginar una participación más grande que caminar detrás de Cristo e ir a su encuentro. Caminando en una procesión, todo parece bastante simple.










[1] Gerke, Spätantike und frühes Crhistentum (Baden-Baden, 1967).